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Decencia sin bandera

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COLUMNISTA

Esta semana, Don Amílcar Monroy manifestó su rechazo hacia los diputados por los actos despreciables que todos conocimos recientemente, cuando fue agredido a mano alzada y tildado de “ignorante” por una fiscal del MP.  Aparte de que es un hecho deleznable, hay una historia dentro del mismo, y es la vida ejemplar de Don Amílcar, que según noticias, resulta ser Ingeniero graduado especializado en telecomunicaciones en Roma, Italia, y evidentemente sus calidades humanas y capacidades superan por mucho a la citada señora, principalmente en dignidad.

Mientras el talento es desperdiciado y ninguneado en buena medida en Guatemala, lo vil, lo vulgar y lo inmoral crece y se reproduce exponencialmente, al punto de no dejar cabida y hacer difícil la inserción del talento genuino, de la honestidad y la virtud en los ámbitos laborales, productivos y de política para el cambio radical y profundo que la nación implora.

Indignada por toda esta bajeza, me uní a la marcha ciudadana al día siguiente, como mujer, madre y trabajadora que he sido. ¡Mi nación no puede continuar aceleradamente hacia este oscuro abismo de la mediocridad, de la cultura que premia al marrullero y al tramposo!  El mundo que nos supera en desarrollo no puede estar equivocado: ¡urge apoyar la lucha contra la corrupción!  En donde la haya: lo público y lo privado.

Sentí una mezcla de fervor patrio y estremecí al oír los redoblantes en las calles, consciente de la agonía que supone muchas veces sobrevivir para buena parte de la población. ¡La cultura de la trampa y la marrullería tiene que terminar alguna vez!  Urge asegurar que en todo ámbito se deje de premiar estas conductas, no solo las corruptas sino las violentas y abusivas.

Para aquellos que cómodamente  -detrás de su pantalla-  nos llamaron “fracasados” por manifestarnos a quienes genuinamente acudimos al clamor de nuestra patria a demostrar que no nos hemos acostumbrado a la bajeza, les digo: ¡dejen de vivir de la división, fracasados!  “Fracaso” es no tener ideales propios y ser serviles, lamer botas para obtener un plato de lentejas o un palacio, no importa, siempre será dinero sucio.  “Fracaso” es no tener coraje para plantarse de frente ante la mediocridad, lo vil y lo ruin, y en cambio, fomentarlo en provecho propio.  Hay mucha más dignidad y valor en la mujer que vendía ropa usada sobre una manta tirada frente al Palacio, con la niña en brazos y debajo del sol.

A lo largo de varios kilómetros en la zona 1, vi civiles mayormente capitalinos incluyendo niños y ancianos; también hubo profesionales con doctorado dedicados a la investigación, y amas de casa con cacerola; hubo algarabía y unión. Me regalaron agua, me cedieron el paso, nadie me empujó si quiera.  Es innegable la esperanza que asoma al clamor de “¡ya no más corrupción!”. Varias mujeres y hombres aprovecharon la afluencia para llevar un poco de dinero de vuelta casa con ventas diversas: cualquier momento es bueno para hacerse de algunas monedas extra.  ¡El pueblo tiene hambre y sed!  De comida, pero también ¡de justicia y de dignidad!  Si las autoridades se empeñan en negarlo, terminarán en la guillotina política.

Para salir adelante, Guatemala necesita: fomentar las inversiones que conlleven dinero limpio y desarrollo sustancial para todos los que se involucren, fomentar el trabajo para personas con valores y principios, inteligentes y profesionales al frente de las instituciones políticas clave, reajuste de algunas leyes como la que regula a los partidos políticos y el incremento de castigos por hechos delictivos y por crímenes, un cambio radical en la educación pública, más científicos, más personas con oficios de provecho, eliminar el sistema de incentivos perversos, castigar a los malhechores e incentivar el mérito, los resultados y capacidades, dejando fuera a los tramposos y no al revés. Que nuestra realidad no sea la de Don Amílcar Monroy frente al Palacio, un profesional adulto de altos quilates con sabiduría y sin trabajo, agredido por la vulgaridad que corroe nuestro sistema. Vivimos una realidad tergiversada en valores.

Hay ciudadanos conscientes de la decadencia social a la que navegamos a toda marcha, y estamos cansados de tener autoridades como el Organismo Legislativo que mayormente es una vergüenza moral y política, más que “dignatarios” de un pueblo al cual hace mucho no representan. De un presidente que vendió su alma al diablo, incapaz de pensar por sí mismo, y de un Organismo Judicial cuestionado por dejarse comprar por intereses muy particulares y mezquinos, deformando así la administración de recta Justicia, entre lo que se suma a la triste realidad.

Creo que las personas que usan la tecnología para manipular y destruir así al país, deberían ser procesados por crímenes de lesa humanidad, ya que al final, esa es la forma moderna de cometer esos actos.  ¡Tiene que haber una línea de ética, un mínimo de moral, que marque la diferencia! En las culturas más avanzadas, tales sujetos –con todo y su séquito de colaboradores- quedan fuera de la jugada de la vida, a través de los mecanismos de protección al buen vivir.

Apoyo todo cuanto sea rechazo a la mediocridad y a la bajeza que nos carcome. No quisiera dejar esta vida sin saber que hice lo que me fue posible desde mi lugar, ejerciendo el poder ciudadano. La consigna del día con lleno en La Plaza fue: “¡Fuera, diputados!” “¡Jimmy, corrupto!”. “Aquí están tus 20 tuiteros”.

P.D. Mis condolencias a México y el Caribe, cuyos pueblos trabajan duro y unidos para reconstruir sus lastimados países en estos momentos de desastre natural.

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