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Democratización de los partidos políticos

Columnista

Según define la Ley Electoral y de Partidos Políticos, los partidos políticos “son instituciones de derecho público, con personalidad jurídica y duración definida (…) y configuran el carácter democrático del régimen político del Estado.” Fuera del concepto legal las distintas definiciones encuentran algunos puntos comunes: a) son grupos políticos; b) participan en elecciones a cargos por elección popular; y c)    buscan el acceso al poder mediante esas elecciones.

Con el arribo del constitucionalismo y la teoría de la división de los poderes, se arribó a un consenso generalizado que la concentración de poder debilitaba a la sociedad organizada, al Estado. Los partidos políticos, por su parte, surgen como necesidad de la división de fuerzas para arribar al poder. Los cuales surgen como una alternativa al acceso del poder, luego que históricamente la justificación al acceso y permanencia en el poder haya sido la sucesión hereditaria de los puestos de decisión. Permitiendo con ello la expresión de y hacia las autoridades. Un dinamismo que suponía una lucha de consignas de liderazgo, ideológica, de intereses y de influencia. En tanto que fueran la proyección de una representatividad de la población.

Lo que prevé un sistema con partidos políticos es que existan prácticas conciliatorias para la toma de decisiones. Pese a ello, la dinámica política puede distorsionarse. Según Diego Valdés, esa distorsión parte de un triple origen: a) deficiencias en el arreglo constitucional del poder; b) deficiencias específicas del régimen legal que establece el sistema de partidos; c) deficiencias ambientales, de naturaleza política o psicosocial, que alteren el funcionamiento normal de instituciones bien diseñadas.

En Guatemala, la construcción del sistema de partidos políticos está configurada como esa  distorsión. Permite que estas organizaciones se convirtieran, casi estrictamente, en vehículos y empresas electorales que no cumplen con la finalidad de su conceptualización legal –configurar el carácter democrático-. Los partidos políticos tienen como consigna abrir espacios para alcanzar el poder de los actores involucrados (los dueños del partido), sin que creen una real representatividad, mucho menos hablar de idelogías.

Carentes de posturas frente a los temas más relevantes, los partidos políticos no solo están desprovistos de una ideología clara, sino también de bases democráticas. Al 14 de septiembre del presente año, el Tribunal Supremo Electoral reporta inscritos 26 partidos políticos y otros 8 comités para la constitución de partidos políticos. Una cantidad tal que implica que el 10.2 % de los guatemaltecos inscritos en el padrón electoral están afiliados a un partido político a un comité para la constitución de uno. Me preguntó, ¿será alguno de ellos realmente digno de llamarse partido político?

La función primaria de estas organizaciones es la expresión del sentir de la población a la que representan. No obstante, dada la falta de seriedad que asumen, tendemos a buscar en otros actores que llenen el vacío que estas dejan. El más claro ejemplo es la constante búsqueda de opinión del sector empresarial organizado y de los representantes religiosos; que toman el papel ser los voceros de a quienes representan. Un papel que no les debería corresponder, pero que, ante la falta de ideas definidas dentro de los partidos políticos, lo asumen.

La transformación del sistema de partidos políticos es necesaria. La coyuntura actual refleja cómo se ha podrido ese sistema. Su insostenibilidad. Impera la necesidad de fortalecer la democracia en lo interno de los partidos políticos para que estos se conviertan verdaderamente actores políticos. Se debe de fortalecer la participación democrática en los mismos, para que aquellos que se llamen partidos políticos lo hagan luego de pasar un proceso riguroso de evolución desde lo local hasta lo nacional; que llamen a participar y con ello se vea reflejada la representatividad.

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