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No debemos esconder los problemas centrales del país

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Todos los medios de comunicación escritos, televisivos, radiales, digitales a través de redes y  rumores de pasillo o de los café de la zona diez, están inundados en el agua que se vertió del vaso con el caso CICIG-MP-EJECUTIVO. Las voces son alarmantes como si estuviéramos a las puertas de la guerra mundial. Pareciera que todo se derrumba y según mi modesta forma de percibir esta situación, se ha perdido como dice Freud, “el principio de realidad”.

Una de las preguntas que me hago, es si el campesino que todas las mañanas madruga a cultivar sus paupérrimas tierras está enterado o  interesado en  esta espuma de escándalo político. O  si a los trabajadores de la construcción que sudan diariamente entre  mezcla,  cemento y  arena les preocupa lo que dicen estos medios. O las empleadas de las fábricas, de las casas, las que hacen tortillas en cuchitriles para lograr su sostenimiento. O  miles de jóvenes que van a sus centros de estudio con la entereza de aprender.

Están también los empresarios, o sea, los emprendedores que producen pantalones, camisas, zapatos, pan, cultivo de verduras, comida, muebles y miles de cosas como resultado de un proceso  en el que crean objetos que la sociedad necesita consumir. Los comerciantes que sortean los embates de los precios distribuyendo  productos. A ellos les preocupa que su empresa sea exitosa y no creo que se envuelvan fácilmente en las bullanguerías de la  politiquería. Les interesa  trabajar y  producir.

En tanto se convocan manifestaciones para irradiar su inconformidad contra la “corrupción” dicen los convocantes, se han olvidado que Guatemala es un país más que tercermundista por los datos alarmantes de la condición de vida de la mayoría de la población. Los problemas centrales de miles y miles de niños y niñas desnutridos, sin escolaridad, sin acceso a la salud y mucho menos a los medicamentos para curar sus enfermedades, están en el olvido. Pasan los años y no se  logra resolver la situación alimentaria. La producción campesina es una tragedia nacional que hunde sus raíces en la pobreza.

Obviamente también hay acciones  individualistas que  muestran sus fauces como una forma de acumulación primitiva agresiva. Arrasan árboles para  construir proyectos habitacionales. El  oxígeno se escapa, el agua  escasea y el calor sofoca. Inundan  ríos y lagos con químicos y basura tóxica. Y no hay una autoridad municipal que pare estos desmanes y graves despropósitos.

La violencia social adquiere profundas dimensiones y cada vez más la agresividad está presente en el rostro y   mirada de los individuos. Nuestros jóvenes son “carne de cañón” para engrosar las filas de  pandillas criminales. Crece la desconfianza y  se agiganta la intolerancia.

Cada uno de nosotros somos seres afectivos, inteligentes, imaginativos y trabajadores. Sufrimos y reímos. Somos complejos y a veces indescifrables. Pero una cosa pienso que es verdad. No podemos seguir escamoteando nuestros problemas centrales sobredimensionando los que no lo son. Y quienes desde la oscuridad lanzan  dardos para que estos se abulten, es porque no quieren que encontremos las salidas viables para hacer un país vivible con alegría, bienestar material y sanidad espiritual.

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