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La decadencia social en Guatemala

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editorial

Al nacer, los seres humanos no poseen datos de percepción para generar imágenes, conceptos, ideas y juicios. Todo eso se va aprendiendo poco a poco, nutriéndose mentalmente de lo que se percibe alrededor. La gran referencia va a ser el ejemplo que transmite la familia y más tarde la escuela, aunque lo que va a dirigir definitivamente el conocimiento y por consecuencia, determinar la actitud en la vida van a ser los modelos sociales que corresponden compartir a cada persona. Eso hace que la responsabilidad humana trascienda más allá del límite personal para proyectarse sobre el resto de los contemporáneos y las sucesivas generaciones.

La humanidad, al vivir en sociedad se ha establecido sobre fundamentos de relación que repercuten los actos de cada uno sobre los demás. Se podrá gozar de un influjo mayor o menor sobre el resto de personas de una colectividad, pero la masa que caracteriza la inercia social que determina las directrices en los modales la compone una mayoría aparentemente intrascendente que en conjunto asume una deriva más o menos acertada para la sociedad.

Aunque la persona humana valora la independencia intelectual, su dimensión social le mantiene en una necesidad de relación que le hace permeable a los comportamientos comunes del entorno, por lo que su personalidad reflejará buena parte de las influencias pasivas que recibe. Esa tensión entre lo individual y lo común se resuelve en favor de lo común cuanto mayor relación social existe en una comunidad; ello genera que los hábitos perniciosos se trasmitan con mayor intensidad, tanto como si fueran infecciones sanitarias.

La ética personal se construye desde el juicio interior de cada conciencia respecto a lo que es el bien y a la voluntad para practicarlo, pero la formación de la conciencia se instruye con el saber común que se difunde desde las creencias prácticas de la sociedad en la que se convive. La voluntad para seguir los dictados de la ética se encuentra afectada por la fuerza de los hábitos sociales, que poseen un gran influjo sobre la capacidad de determinación individual. Todo ello hace que los cambios éticos en la sociedad sean pausados, pues sobre el idealismo teórico de regeneración se suele imponer la presión de un realismo práctico que sigue la tendencia del hábito generalizador.

La consolidación de los hábitos positivos y negativos no solo marcan a una generación, sino que predominan unos u otros, puede determinar el progreso o la decadencia de un futuro próximo de la sociedad. Las ideas son fáciles de concebir y lentas de difundir, pero aun cuando lleguen a conocimiento de los ciudadanos se hace difícil su implantación si rompen el ritmo de los hábitos adquiridos, más cuando enmarcan una tendencia social. Por ello es posible presagiar tiempos de decadencia cuando hábitos perniciosos se instalan en la estructura social sin crítica y contestación ética que los puedan reconvertir.

Mucho se habla hoy día de la decadencia en que ha caído la sociedad guatemalteca, ante la ausencia de los más mínimos valores de convivencia humana y la falta de respeto hacia la vida misma, esto se ha ido entronizando en el subconsciente colectivo de la población, y lograr cambiar la cultura de violencia y apatía no es cosa de poco tiempo, se ha llevado alrededor de 60 años cultivar esta estructura de violencia y será muy difícil cambiarla, al menos que iniciemos por la niñez y la juventud.

Por una nación libre, justa y solidaria.

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