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COLUMNISTA

Esa pregunta la veo por doquier en redes sociales, la escucho cada vez que hablo con amistades, y parece no tener respuesta. Que somos un pueblo aguantador, es indudable, pero ¿qué tanto estamos dispuestos a soportar la presión y la amenaza? Y esa pregunta va seguida del ¿y ahora quién podrá defendernos? Sin esperar la respuesta del Chapulín Colorado, yo pregunto, ¿y lo vamos a permitir?

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Lo complicado no es solo identificar la amenaza, sino definir la estrategia a seguir para aplacarla. Pareciera que unirnos resulta ser la parte más compleja y cuesta arriba.

 

A la izquierda la une el oportunismo y la gana de llegar al poder, el odio al sector productivo, el resentimiento por no ser ellos los millonarios (aunque algunos son muy adinerados, típicos hipócritas que quieren comunismo, pero viajan en primera clase y comen en los restaurantes más caros). Lograron superar sus rivalidades y enemistades para planificar la repartida del pastel, la estrategia a seguir y trabajan coordinadamente.

 

A la derecha la debiera de unir el amor a la libertad y a los derechos individuales, el deseo de vivir en una Guatemala próspera, que se haga valer como otras naciones aún más pequeñas que la nuestra, pero que han sabido darse a respetar por las grandes potencias. Una Guatemala civilizada, dónde haya certeza jurídica con leyes inteligentes y modernas, dónde los ciudadanos podamos producir y funcionar en paz. Una Guatemala de la cual todos nos enorgullezcamos.

 

Un querido amigo venezolano, que tiene un IQ mucho más alto que la mayoría, tercera generación de diplomáticos que incluye Embajadores y Cancilleres antes de que en Venezuela fueran diplomáticos “a la Tortrix”, me viene diciendo desde hace rato que mientras más pensemos que “en Guatemala no sucederá”, más riesgo corremos que suceda. La arrogancia combinada con miopía y astigmatismo mental severos nos tiene tan ciegos que nos creemos inmunes a lo que la Historia demuestra ha sucedido en otros países, con instituciones democráticas más sólidas que la nuestra. Lo que nos lleva a pensar que hacer: nos dejamos, agachamos la cabeza, esperamos que alguien más haga o nos decidimos a actuar.

 

Es tal la arrogancia que tenemos que me recuerda a la soberbia de los estadounidenses previo el fatídico 11 de septiembre del 2001, cuando se les advirtió que algo pasaría y dijeron “aquí nadie se va a atrever” y voila. Lo demás es Historia. ¿A eso queremos llegar?

 

Las elecciones están a un paso. Los mismos quieren correr, pero muchos queremos ver gente nueva, proba e intachable que se lance al ruedo político con gallardía y porqué no decirlo, patriotismo y coraje. ¿Queremos un Congreso con gente nueva? Se tienen que lanzar los ciudadanos más idóneos, como en la antigua Grecia. Sí, los que sean leídos y escribidos pero que no sólo hayan pasado por las aulas, hayan permitido que éstas pasaran por ellos. Queremos propuestas concretas para cada reto, queremos propuestas lógicas y factibles. Que no nos hablen de quimeras, que no nos ofrezcan llaveritos y pajas.

 

Es hora de que alguien lance algo a la opinión pública que podamos considerar. Urge un par de líderes positivos, porqué no de centro-derecha, porque es innegable que algunos elementos del liberalismo clásico que amo no se aplicarían bien en Guatemala en estos momentos, se necesita elevar el nivel de educación de la masa antes de que lo entiendan. No se puede pasar de salvar una pierna severamente infectada a bailar disco en tacones. Primero hay que sanarla bien, curar cualquier indicio de infección, cuidarla y quizás hasta darle algo de terapia a los músculos maltratados, antes de esperar que tenga la fuerza y agilidad para eso. Así estamos. Pero la gangrena debemos prevenirla ya, y únicamente unidos lograremos acabarla. 

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