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Ser normal, una exigencia de la época

COLUMNISTA

Silenciosa e imperceptiblemente, el lenguaje coloquial está siendo poblado por significantes provenientes del discurso de la ciencia, particularmente de la medicina. Estos términos, a los que hoy me interesa referirme, corresponden a diagnósticos psiquiátricos (“Bipolaridad”, “Depresión”, “Ataques de pánico”, “Trastorno obsesivo compulsivo”, etc.) y suelen ser los que una persona que consulta por un determinado malestar o sufrimiento psíquico, recibe, apropiándose y conformando una especie de “nueva identidad”: “Soy bipolar”, “Soy depresivo”, “Soy obsesivo”, etcétera. Su nuevo “ser” asociado con lo que no está bien en él, intenta de manera fallida proponerse como un complemento o sustituto de su nombre. Un ejemplo: “Mi nombre es Juan, soy bipolar”.

Los diagnósticos psiquiátricos, son clasificaciones que engloban a las personas que tienen determinados signos y síntomas, estableciendo así una categorización. De esta manera queda borrada la subjetividad del paciente, su individualidad. Por oposición al discurso cientificista y despersonalizado, debo decir que hay tantos pacientes bipolares, depresivos, obsesivos, etc.,  como personas se definan bajo este nombre.

Generalmente cuando un paciente expone su diagnóstico ante un profesional adquiere una actitud de desresponsabilización. ¿Qué quiere decir esto? Es como si un paciente dijese por ejemplo: ” Licenciada, soy bipolar (haga algo con esto)”, ¡lo cual sería verdaderamente  un acontecimiento milagroso! Los psicoanalistas trabajamos con la palabra y nuestro interés radica precisamente en responsabilizar al sujeto de su decir. Los diagnósticos en general, cristalizan, rigidizan, estigmatizan a una persona que se aferra a él evadiendo desentramar las razones de malestar.

Se han ido produciendo cambios en el campo de lo que se concibe normal. Lo que tradicionalmente de pensaba como dificultad en términos sociales, hoy es considerado patológico. Es decir, lo que antes era obstáculo ahora ha pasado a ser enfermedad y a ser tratado como tal. Todo aquel que se aleje de la norma esperable será definido y tratado como enfermo. Cada vez más son las dificultades que presentan las personas absorbidas por las clasificaciones de salud mental. En consecuencia, cada vez son más los medicamentos que aparecen en el mercado para tratarlas. Esto muestra una gran asociación entre las clasificaciones y la industria farmacéutica a la cual la medicina acude para responder rápidamente al malestar, una exigencia característica de los tiempos actuales. Los psicofármacos a través de las campañas publicitarias crean la ilusión de una satisfacción plena e inmediata.

Hay que tener en cuenta que los medicamentos como todo objeto que introduce la ciencia y el mercado,  no colman lo que prometen y muchas veces resulta difícil discernir entre el objeto útil, beneficioso y los que promocionados por las campañas de publicidad médica, resultan ser engañosos.

Hay una tendencia a reducir todo malestar del hombre a la química del cerebro. La medicación puede ser útil en un determinado momento, pero tiene sus límites. Si uno no está advertido, desresponsabiliza.

Se tratará entonces de no negarse sistemáticamente a recibir una medicación si es necesaria. Tampoco de decir sistemáticamente que si porque el médico lo afirma. Se tratará entonces de hablar con profesionales de diferentes orientaciones, los que sean necesarios, para poder tomar una decisión en basada en nuestra confianza.

La medicación psiquiátrica no cura  Si ayuda a que una persona que está padeciendo un malestar insoportable, pueda transitarlo  en mejores condiciones. Pero hay que tener en cuenta que cuando deje de consumirlo, volverá al estado anterior. La medicación psiquiátrica por sí sola desresponsabiliza si no es acompañada por un tratamiento que dé lugar a la palabra del sujeto a través de la cual, con ayuda de un profesional, pueda implicarse en su padecimiento. Cada persona es única e irrepetible y si hay algo que no puede ser pasado por alto, es el respeto de esta originalidad.

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