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Natalidad, riqueza y algo más

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Vemos con datos del informe bienal de la División de Población de las Naciones Unidas, publicado en julio de este año, justo antes del Día Mundial de la Población, que la fertilidad está cayendo a nivel mundial y que la mitad de las naciones del mundo tienen tasas de fertilidad por debajo del nivel de reemplazo de poco más de dos hijos por mujer. Se prevé que el número de personas de ochenta años o más se triplique en 2050, y que la población europea disminuya en 25 millones en ese momento.

Pero el Director de la Comisión de Población de Nigeria rechazó esa postura antinatalista diciendo que Nigeria no está sobre-poblada. “Si vas a Gran Bretaña, te darás cuenta de que por su política de frenar natalidad tienen mucha mucha gente mayor. En Nigeria, tenemos más jóvenes que son productivos y eso demuestra que nuestra población es de calidad, y si gestionamos bien nuestra población, Nigeria será capaz de producir lo que necesita como nación”.

Como se recordaba recientemente  “la población mundial se incrementó tremendamente entre 1900 y 1990, y continúa creciendo. Sin embargo, esta explosión demográfica no empobreció a la humanidad. Por el contrario ha coincidido con una explosión de las condiciones de salud y productividad en todo el mundo. En el presente, el promedio de la población mundial vive más, come mejor, produce más y consume más que en cualquier otra época.”

Pero, pasando a las causas, hay quienes sostienen que la gente no tiene hijos no sólo por falta dinero. Desde luego los sueldos bajos no ayudan mucho a que una pareja se decida a tener hijos, y mucho menos a formar una familia numerosa. Ahora bien, señalan, la falta de medios era mayor en los años sesenta del pasado siglo, y los índices de natalidad superaban  con mucho a los actuales. Entonces, algo falla. Es que es muy difícil –dicen- amar la vida sin creer en algo, sin valores. Incluso se acaba por aborrecer la vida; se puede aprovechar, compulsivamente, como el dinero a fin de mes, para que no se termine nunca. Pero no se saborea.

Por ello no dudan en señalar la crisis de valores como detonante de la disminución radical de natalidad. El norteamericano George Weigel defiende que esa visión tan estrecha radicalmente los horizontes y expectativas de las personas sobre sí mismas y sobre el porvenir; que ni siquiera son capaces de crear futuro en el sentido más elemental: el biológico. En esta línea, la entonces ministra alemana de La Familia se ha sumado a esta tesis e impulsa una nueva política familiar que pone el acento en la implicación de los padres en el cuidado de los hijos, y que quiere promover una “educación en valores”.

Además estas campañas antinatalistas distraen de lo central: los problemas de hambre, desnutrición, enfermedades, que existen en muchos países, son causados mayormente por ignorancia, falta de educación y por políticas y economías equivocadas e injustas

Pero lo peor del anti-natalismo es que promueve el miedo al compromiso, al matrimonio, a los hijos; ataca la dignidad de la persona y se daña a la familia. Y así, lógicamente, se complican  y amplían los problemas sociales y la misma violencia.

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