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Hablar de educación es hablar de conocimientos, cultura, valores e ideales. Existe una manera sistemática de educar a través de la escuela y otra asistemática, mediada por el hogar, la iglesia,  el trabajo o las organizaciones  que forman valores.

Desde esta dimensión, el ser humano  es un ser en sociedad. Ha creado el Estado como  organización jurídico-política, de donde se desprenden las normas que regulan nuestra conducta social. Es impensable una sociedad sin Estado, a no ser aquellas hordas primitivas en las que se agredían unas a otras  irracionalmente.

Pienso que es necesaria la coercitividad de las leyes para la buena conducta ciudadana; sin embargo, se requiere, además, un compromiso cívico sobre la base de valores compartidos. Es importante  asegurar, por ejemplo, la convivencia de las comunidades en el contexto de  igualdad ante la ley. Y es en esta línea que la política, a través de los políticos, juega un papel central en la educación del ciudadano, considerando el valor de la democracia como horizonte de igualdad e inclusión.

Históricamente,  conceptos como democracia, Estado, gobierno, libertad, igualdad, fraternidad, confianza, bien común, derechos ciudadanos, participación, tolerancia, transparencia, corrupción, han estado presentes en la vida política de todas las sociedades. La democracia ha asumido todo esto, de manera diferente. Ahora, surgen otras formas que van desde el proceso de globalización hasta el nacimiento de  ideas identitarias como escenarios contrapuestos.

En cuanto al carácter de la democracia, señala  Touraine,  debe alcanzar una conciencia de pertenencia a una colectividad, a una nación. Guatemala en este caso aún no ha construido esa unidad nacional y se debate en la superación de las diferencias étnico-raciales, encaminado a la unidad en la diversidad.

Se debe tomar en cuenta que desde la globalización se nos imponen procesos   económicos y culturales. Vivimos el espacio del mercado global, en el que imperan los criterios de competitividad. Tal parece que lo que tradicionalmente hemos entendido por creación libre del orden político, soberanía nacional e independencia para asumir nuestro propio camino, es una quimera. Estamos enfrentados a nuevos desafíos, que se derivan de una política mundial. Pero además, también se cuela  la narcoactividad, el tráfico de personas y el contrabando que afectan a nuestra incipiente democracia.

Necesario es rescatar la confianza como compromiso  social, porque ésta constituye el recurso moral  y estratégico de la ciudadanía. Así,  el papel del político, como educador  es quien explica los problemas centrales del país.

El político como educador es el que aclara el sentido de la democracia, la participación ciudadana y el futuro de la nación. Es una persona que conoce su país  orienta, sugiere y forma una conciencia colectiva capaz de proponer salidas viables a los diversos problemas que aquejan a la sociedad.

El político es quien logra dimensionar la política como búsqueda del bien común. Deberá eliminar de su discurso  el electorerismo, la corrupción, la componenda, el acomodo, el incumplimiento, el ser mercader de la política, comprendiendo que la política real tampoco es angelical, sino terrenal. Somos seres de este mundo quienes bajo el principio de una conciencia lúcida de nuestros límites, entendemos que es posible aún construir una nación sobre la base de acuerdos mínimos.

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