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Dejar un legado y trascender

COLUMNISTA

Tres corazones palpitantes de amor y de sueños dejaron de latir en los últimos trece días, personas que conocí por amistad con sus familiares cercanos; padres que no solo determinaron el rumbo de la vida de sus hijos para bien, sino que se entregaron a la difícil pero necesaria tarea de ser formador y no solo progenitor.

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La muerte física es un misterio y siempre lo será, un camino inexorable del que nadie escapará.  Nadie sabe con certeza a dónde vamos después.  Algunos nos aferramos a la fe, a creer sin haber visto que aquí no termina todo, que trascendemos para mejorar la increíble e inexplicable condición humana.

Carl Sagan, astrofísico de nuestra era, afirmó que vivimos ilusionados creyendo que somos privilegiados en el universo; idea que resulta desafiada por ese minúsculo punto azul llamado Tierra, suspendido cual mota de polvo en la vasta arena cósmica.  Allí en donde los afanes de toda vida, la política, la lucha por el poder y por acumular riqueza, terminan igual para todos: sin certeza de una vida posterior en alguna parte.

Nuestra muerte es algo en lo que no pensamos, por evitación o por distracción.  Es  en cada óbito que nos percatamos de nuestra finitud y que la vida no es sólo materia  -aunque no hay forma de escapar de estas necesidades, en tanto nuestros corazones laten dentro de un cuerpo carnal-.  ¡Qué difícil es ser humano!

“La muerte es el gran igualador de la raza humana”, dice un hombre que admiro, “el polvo de los césares y de los esclavos es el mismo”.  Nada nuevo se ha dicho sobre la  muerte, aun cuando filósofos, teólogos y científicos la han tratado de descifrar.   Lo único que sí sabemos es que en vida construimos la memoria emocional de otras personas.

Hasta los hombres más fuertes de la historia, han doblado sus rodillas y llorado amargamente la muerte de un ser querido.  El mismo Jesucristo lloró la muerte de Lázaro.  Emperadores y personajes famosos han visto su mundo derrumbarse irremediablemente ante la pérdida de sus más amados.

Aunque parezca un sinsentido, venimos a amar y a sufrir, a aferrarnos a amores diferentes, para luego dejarlos o a que nos dejen el corazón desamparado cuando ellos se anticipan.  De lo poco que podemos hacer ante la pérdida de una buena vida,  es respirar hondo e inflamar el  pecho de gratitud cuando asome la tristeza, sabidos de que no todos pueden tener ese privilegio, aunque hubiere habido  dificultad.

También podemos ser realistas y prepararnos de la mejor manera posible, aun con modestia, para enfrentar ese momento con la mayor paz posible, tanto material como espiritual, y procurar dejar un legado:  guiar y enseñar a nuestra descendencia  o familia, acorde a nuestra forma de comprender el mundo; extender nuestra presencia en los temas de la cotidianidad para los que quedarán sin poder acudir a nosotros para consuelo o consejo, de manera que llegado el día ellos puedan orientarse y nosotros podamos decir: ¡misión cumplida!

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