El Siglo

Cinco claves para un país inteligente

El Fondo Monetario Internacional, oráculo moderno de la economía mundial, publicó hace unos días, en su página web, las cinco claves para una política fiscal inteligente. La política fiscal es uno de los ejes fundamentales que dividen a los países en desarrollados, emergentes y subdesarrollados. ¿Qué es política fiscal? Es la forma que un gobierno maneja los recursos de un país con el fin de alcanzar los objetivos de la nación.

Una función de la política fiscal es organizar el gasto público en forma eficiente y competitiva; generar un sistema social de educación y salud de calidad para la inmensa mayoría; fortalecer un sistema político democrático y, cada vez más importante, proteger al resto de especies de la extinción y mantener las condiciones adecuadas de la naturaleza.

¿Cuáles son esas maravillosas claves que nos da a conocer el FMI?, ¿Cómo podremos alcanzar a los países de mayor desarrollo poniendo en práctica esos consejos tan atinados?

Cuando el FMI dice: “La política fiscal puede utilizarse para suavizar el ciclo económico. Esto es lo que se conoce como política contracíclica. En los tiempos difíciles, se reducen los impuestos y se incrementa el gasto para poner más dinero en los bolsillos de las empresas y los consumidores; en los buenos tiempos, el gasto se reduce y se elevan los impuestos.”  Sí hacemos caso a los expertos del Fondo iríamos a la quiebra.

En los tiempos difíciles, casi todos, y en los tiempos estables, casi nunca, lo que se tiene que hacer es un gasto eficiente y competitivo. Es decir, un gasto orientado para alcanzar los objetivos estratégicos de la nación -qué en Guatemala no sabemos sí existen- orientado a generar los mismos resultados de países que nos lleven unos pasos adelante.

Para nuestro país las tareas fiscales son claras. Primero, generar una política de gasto con visión estratégica. Si queremos avanzar en el desarrollo y alcanzar nuevos niveles de bienestar, es indispensable un gasto eficiente y competitivo que nos permita emular logros alcanzados por los países más avanzados de América latina: Costa Rica, Chile, Uruguay y Panamá. Esta tarea para el país es cuesta arriba, pero alcanzable, por el potencial humano, cultural y geográfico del país.

El gasto público tiene que proponerse, en primer lugar, invertir el 10% del PIB en educación. Pero no gasto en consumo, es decir salarios y corrupción, sino inversión real en laboratorios, centros de tecnología informática, infraestructura en escuelas y colegios. Se tiene que tener una población 95% alfabetizada, que el 100% termine la primaria y el 70% la secundaria. Que el 80% de las instituciones de secundaria sean técnico-profesionales. Que el 30% de la población sea bilingüe en el año 2030.

Sí queremos que Guatemala se convierta, como se merece en un país de clase media alta, que alcance el bienestar para la mayoría, con mercados competitivos, democracia consolidada y protectora real de la naturaleza, tenemos que generar un cambio en el gasto público, con visión de nación progresista que comienza con su pilar básico: la educación.

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