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Un príncipe nacido en Chapinlandia

 

Puntual como pocos, exigía de sus amigos, exactamente lo que él estaba dispuesto a ofrendar con generosidad y displicencia.

Doña Queta, su impecable ama de llaves, lo recibía a uno por su nombre. Siempre atenta para introducirlo a su precioso apartamento.

Lleno de detalles, no voy a decir, decorado con buen gusto, porque sería como evaluar al examinador. Ni que decirlo, buen gusto rebosante de buen gusto en todos los espacios.

Lo único que me confundía y nunca se lo quise contradecir por pena, es que me llamaba Danilo en lugar de Edmundo, particularidad que me llamaba la atención, porque Edmundo Deantés es en mi imaginario privado, un émulo de aquel personaje de Alejandro Dumas, que pudo retar al poder, después de que lo refundieran en la cárcel y su compañero de celda, un anciano prisionero, cargado de secretos y tesoros, decide trasladarle toda su fortuna indicándole el lugar donde la había colocado preparando su eterna fuga, hasta que el peso de los años le robaron el ánimo de escapar.

Edmundo Dantés, así llamado el Conde de Montecristo, busca la realización de su venganza, dotado de fortuna y título nobiliario.

Pero yo, sin prisión ni fortuna, me apellido Deantés no Dantés, porque soy una especie de testigo privilegiado de lo que fue antes, está sucediendo ahora y seguramente, si Dios así lo dispone, todavía podre dar testimonio del futuro.

El Conde de Montecristo, se realiza en la inmensa imaginación de Alejandro Dumas. Edmundo Deantés se conforma con blasonar que su pluma no tiene más precio que su lealtad a los principios que han condicionado toda su vida.

Y que plegarse a las circunstancias que empujan al oportunismo y falsas posiciones, lo considera como sinónimo de estar preso.

Y aunque no tenga  y seguramente no tendrá la fortuna de Montecristo y mucho menos su título nobiliario, se tiene que conformar con cambiar el florete por la pluma y el título de Conde, por uno para el más honroso… abogado del pueblo.

Esa de Deantés, es tan noble causa, como la del conde de Montecristo por tratar de hacer justicia por cuenta propia.

La diferencia es notoria y absolutamente distante en valor y valores. Las fortunas, tesoros, el poder y demás riquezas tienen valor y las causas del pueblo solamente valores.

El vos, del anfitrión era fuerte, bien definido bocalmente y sonoro – El que tal vos, pasá adelante, es el auténtico idioma guatemalteco que abraza la amistad, rompe distancias, y hermana conversaciones, filtra desconfianzas, y obliga a la sinceridad y franqueza.

Es un vos, que ahuecamos hace mucho tiempo con un “tú” plomoso, medio amanerado, y que al  principio, marcaba distancias entre ser finurios u ordinarius. Se oía y aún en ocasiones se escucha tan forzado, que hacemos una mezcla rara entre las dos formas de comunicación verbal…-Tú sos Margarita, la amiga de mi hija- se oye tan común, que quizá si dijeran -Tú eres Margarita, la amiga de mi hija… ya no se oiría tan bien.

El tú mejicano, con el vos chapín se cruzaron dándose patadas, dando lugar a una mescolanza que no hemos podido superar… con lo único que hay que tener cuidado es con no tratar ni de tú, ni de vos a alguien que se llame María, porque podés terminar en el tambo por discriminación.

Es tan hostil a las buenas formas esa confusión, que las clases altas urbanas, retornaron al vos como distinción de clase… La verdad así andamos.

Pero aquel vos tonante, no era ni finurio ni ordinarius. Se escuchaba como parte de la forma de ser de una persona irrepetible por sus cualidades y por tener un cerebro cultivado y en plena ebullición de neuronas que jamás se negaron habitar en aquella noble cabeza.

Pero no hay que confundir cualidades, con formas hipócritas y convencionales de tratar a los demás.

Porque en eso de ser franco y descarnado para señalar las falencias de sus propias visitas y en su propia cara, quizá era uno de sus rasgos más característicos.

Y saberse su amigo, era también tolerarlo como amigo, como uno excepcional pero inmisericorde por sincero.

Yo fui afortunado en esa relación, solo en una ocasión  a los  fines de una reunión en mi casa, le atribuyó otros. No fue de su agrado y lo escribió, y me lo aguanté… como siempre que uno se siente mal aludido, traslada la crítica de lo criticado al que criticó. Y de ese mal, no creo conocer a nadie, que no se declare culpable.

Pero, en sentido contrario, me defendió con ardor, cuantas veces pensó, que se me estaba haciendo daño, sin justificación ni motivo.

La sorpresa de ver una defensa suya, no solo era una reivindicación inobjetable, frente a la agresión, ataque, calumnia o difamación, si no una verdadera condecoración… Yo tuve muchas.

Caluroso frente a la inteligencia, implacable ante la mediocridad. Generoso con el amigo, exigente con la amistad. Tolerante con el ingenuo, bobo o un poco ignorante. Exigente con el pretensioso, presumido intelectual, o falsificador del hecho o dato histórico.

Un hombre con su experiencia, formación, conocimiento y arrojo personal en su historia personal, no era amigo ni del fanfarrón como tampoco del mentiroso.

La sala presidida por un retrato de Annabella, no recuerdo… ¡qué descuido!… si de Gallardo o alguién tan bueno como él. Pero la mujer retratada… de las muchas… pero muchas que hicieron causa común con su corazón, fue esa bellísima mujer, la única  que se instaló, en aquel músculo hasta que murió prematuramente causandole un dolor del que nunca se pudo reponer. Su corazón siempre rebozante y abierto al amor no había encontrado sociego, ni en estrellas famosas, ni mujeres platudas ni pobres… hasta que finalmente fue cazado, y quizá un poco cansado de latir por tantas… la instaló por siempre y para siempre en aquel esquivo pero ardiente órgano pletórico de amor eterno para su verdadera dueña… Desaparecieron las huéspedes y se instaló la propietaria.

Era muy difícil inventarse historias… él era un contenedor de la historia como protagonista no solo como narrador. Y mucho más complicado inventarse abolengos inexistentes o heroicidades ficticias.

Nadie como él para conocer y reconocer el pedigrí de la gente. Nadie como él para desenmascarar al farsante.

-Cómo estas y cómo está tu esposa- preguntaba para confirmar lo que ya sabía… si creía que andaban mal… te lo reconvenía… y si por el contrario estaba enterado que andaban bien… el saludo era suficiente para cambiar de tema.

Esos sillones tenían más testimonios que cualquier confesionario. Aconsejaba, sugería o actuaba en consecuencia, si la causa le parecía justa o valiosa.

Creo que estaba en capacidad de advertir a un presidente de la inminencia de su caída sin delatar a nadie. O sugerir el nombre de la persona indicada para encabezar un movimiento.

La última vez que hablamos me enriqueció la plana, abundando en detalles sobre la caída del general Idígoras Fuentes. –Arévalo aterrizó en la finca Helvetia… agregó la información… me dio el nombre del piloto de la avioneta que lo trajo… Fue Chilolo (Izidoro Zarco copropietario de Prensa Libre) el único que lo entrevistó en esa ocasión… Chilolo simpatizaba con Juan José, me dijo… Botaron a Idígoras no solo por temor a que Arévalo fuera su candidato, aunque lo veía con simpatía y no se hubiera opuesto a su elección…  pero su candidato era Roberto Alejos Arzú, hombre de su absoluta confianza y dueño de la finca donde aterrizó Arévalo. Finca que después sirvió para entrenar a los cubanos que fueron frustrados en el propósito de botar a Castro en la fallida invasión de Bahía de Cochinos, por la indecisión de Kennedy… y te cuento –agregó frente a mi atribulada toma de notas telefónicas…- que el golpe que también contaba con la simpatía del norte… no estaba planeado que lo encabezara Peralta Azurdia, si no era otro coronel que estaba fuera del país, pero el ejército no lo permitió y exigió que fuera Peralta Azurdia… Este tema… lo discutí tiempo después con Arévalo en el café… de México (me dijo el nombre pero no lo anoté) y confrontamos y coincidimos en los datos.

De ese tamaño aquel archivo viviente, que podía cambiar del tema de cómo conoció a Fidel y al Ché Guevara, también en México, a otro tan distante como platicar con jefes militares de alto rango y mucho poder consultandole su opinión en busca de consejo ante la inminente caída de Jorge Serrano.

De su entrañable amistad con Cantinflas o Jacobo Zabludosky. El zar de la conducción de la televisión mexicana, o el secreto del embarazo de una de las amantes del cómico y el suicidio o intento de suicidio de la fémina frente aquel drama, o bien de su  amistad personal  con el expresidente mexicano José López Portillo, quien enterado del  desastre de nuestra sede, que anteriormente había sido un prostíbulo, siendo él nuestro Embajador, le obsequió una casa, que desde luego registró, a nombre del Estado de Guatemala, y que aún se ocupa como residencia del Embajador.

O el detalle, aquel que me contaba en una ocasión, de cómo estando en la casa del cuñado del presidente Kennedy, un famoso actor de cine, con la asistencia de los artistas del Hollywood, de moda por aquella época… Dean Martín, el pionero de los famosos cantantes de ascendencia afroamericana Samy Davis Jr., y Sinatra, le sugirieron como idea  conquistar a una bella invitada, que de haberse animado, lo hubiera puesto en competencia con el mismísimo John F. Kennedy, quien llegó poco después y tenían planeado fuera la acompañante del singular personaje.

Había que pensar que llevarle como presente para corresponder a su generosa invitación. Por costumbre casi siempre uno se decantaba por llevarle una botella de licor o de vino.

-Cuidadoso tenés que ser- era el mejor consejo que se podía recibir de algún amigo en común, que conociendo sus virtudes de gran enólogo por su vieja experiencia de convivir con los buenos vinos y muy exclusivos licores, evitaban que uno por plomoso terminara  luciendo de ordinario.

En cierta oportunidad a propósito de las finas bebidas, le conté mi anécdota con el cardenal Casariego, en ese tiempo Arzobispo de Guatemala.

Hacía mis primeros pinitos como candidato a alcalde de la ciudad de Guatemala, y muy finamente me invitó a almorzar.

Frente a tan importante compromiso para un mocoso de la política en aquel entonces, quise prepararme de la mejor manera para el especial encuentro.

Prudentemente consulté con quienes le conocían… ¿Qué gustaba de tomar el señor Cardenal?… Y me concedieron el honor de conocer uno de sus secretos… – Le gusta el coñac- me ilustraron los más informados.

-A vaya dije yo- tratando de impresionar al príncipe de  la iglesia me preocupé por adquirir una botella, que fuera uno de los mejores licores de ese tipo –Un courvosier Napoleón de cinco estrellas, sugirió uno de los consultados… asustando mi bolsillo de candidato pobre y quizá de pobre candidato que hurgando el depósito siempre mermado de los recursos… me acerque a la licorería de más alcurnia en aquel tiempo… y me lancé a la angustiosa compra del delicado licor de licores con rango cardenalicio.

Puntual a mi cita, toqué a los imponentes portones del Palacio Arzobispal, esa hermosa construcción que ocupa casi media manzana, reconocida como la casa de habitación del Arzobispo de turno.

Claro… De perfil al Palacio Nacional, no puede llamarse menos que Palacio Arzobispal.

Caminando por sus majestuosos corredores bordeados de pilares apropiados para contrastar con el artesonado y el piso que recuerdo medio rústico, haciéndolo a todo lo largo de la parte que da a la 7a. calle y 7a. avenida, llegué al lado del acompañante que me recibió, a un pequeño comedor, que parecía el familiar, el de todos los días. Alejado del boato de los recintos palaciegos.

A los pocos minutos hizo su aparición el cardenal Casariego, que por cierto dentro de los avatares del conflicto interno, fue secuestrado por un grupo clandestino. Alguién se ofrecerá para contar la historia, ahora que ya no tengo mi biblioteca humana particular.

El cardenal Casariego, un personaje con una simpatía difícil de comparar, abierto, sencillo y muy jovial, me hizo sentir  inmediatamente como si hubiera estado en mi propia casa.

Nacido en El Salvador, no ocultaba lo humilde de su origen… ¡Imagínense ustedes! de lustrador de zapatos a príncipe de la iglesia Católica, Apostólica y Romana y de nacido en El Salvador y crecido en aquellas humildes condiciones a flamante Arzobispo de la Metrópoli de Guatemala.

Me recibió de manera coloquial y para que me sintiera en confianza me espetó sonriendo… Qué dice el candidato de los ojos grandes… que inmediatamente me recordó a mi hija Dania, cuando de pequeña me decía con total inocencia e ignorando el pencazo… y quizá pensando como el cardenal, me decía… muy chiquita por cierto… Papi… papi… usted tiene los ojos grandes como los de las vacas… y desde luego celebrándole la ocurrencia… la elevaba en mis brazos y le daba un beso.

Como llevando un pequeño tesoro entre mis manos le entregué la famosa botella de coñac (no se escribe así, me reclamaría mañana mi añorado maestro) Napoleón Courvosier cinco estrellas.

Como aperitivo al almuerzo me indicó que abriría el obsequio para degustarlo para la ocasión y me hizo la presentación de lo que sería la bebida.

-Fíjese- me dijo emocionado, que acabo de hacer un gran descubrimiento… El presidente Arana Osorio, me invitó a almorzar un día de estos y sabiendo que esta es mi bebida favorita… me la ofreció y me dijo que si le permitía hacer una combinación que suponía él que me agradaría… Se imagina… cómo me iba a negar a aceptar la sugerencia del presidente…. -y continuó… -Llamó a su asistente, y le llevaron de inmediato una jarra con un líquido rojo y hielo… abrió la botella… me sirvió mi Napoleón y le agregó la colorida agua de rosa de jamaica que contenía el pichel… Y sabe una cosa –me dijo- Me encantó… Y eso haremos ahora… le ofreceré la bebida con rosa de jamaica.

Y aquel cultivado y delicado… además de caro licor de cardenales… se vio violado por una muy púrpura agua de rosa de jamaica. El purpurado cardenal Arzobispo, degustando una purpurada y extraña mezcla.

Mi amigo celebró aquel pasaje… y me contó la historia del secuestro y  de los autores del secuestro del cardenal. Historia que no contaré este día.

Hoy domingo, quería contarles, que el primer príncipe que conocí… fue uno de la iglesia Católica, Apostólica y Romana. Y el segundo  de carne y hueso, además de nacido en Guatemala, acaba de retornar al reino de los reinos. Se  fue hace tres días, en una madrugada cuyo amanecer ya no pudo ver. Su alteza irreal, porque vivió como nadie lo ha hecho y quizá nunca, alguien tendrá la suerte de hacerlo… por eso lo irreal.

Se trata del príncipe de mi historia… mi entrañable amigo JORGE PALMIERI.

Foto: Gabitos

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