Home > Columnas > La defensa y el abanico
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¡No se equivoquen! Desempeñarse como abogado defensor no es tarea fácil, ni hoy ni ayer. Ángel Ossorio, maestro de tantas generaciones de abogados, al tratar de “los hombres de toga en el proceso de Rodrigo Calderón” en su libro Esbozos históricos (Madrid, 1930), dice: “Es la abogacía ministerio del más alto interés social y requiere para su debido ejercicio virtudes excelsas. Basta para comprenderlo, advertir que siempre ha sido denostada con igual saña por los tiranos y por los necios. Pero cuando más destaca su grandes es cuando se aplica a amparar el derecho de un hombre caído frente a todo un pueblo que le acusa y persigue. Determínanse a veces estados de pasión colectiva que se desparraman iracundos, febriles, feroces, buscando como remedio a los males públicos o para satisfacción del agravio general, una fortuna, una honra o una cabeza. Lo agudo del conflicto ciega los manantiales del raciocinio; la universalidad en el ataque presta alas a la cobardía; la gritería de los exaltados ahora el murmullo de los discretos; nadie tolera que se atenta a la unanimidad de los que parece y sólo es estrépito.  […] Pero siempre hay un hombre que por convencimiento, por caridad o por deber, ha de afrontar las iras de la muchedumbre y ponerse de parte del vencido: su abogado. Fácilmente se querrá atajar este homenaje, recordando que por ser profesional su servicio pierde su elevación. Tómese, sin embargo, en cuenta, que en la generalidad de los casos no puede excusarse; que nunca es un buen negocio navegar contra la corriente; y que aun llegando a compensar lo que gane en notoriedad, con lo que pierde el reposo, siempre resultará que quien busca aquélla plantándose frente a sus contemporáneos, tiene elegancia en la ambición.”

Otro ejemplo. Relata Ricardo Peralta Saucedo, jurista mejicano, que al estallar la Revolución Francesa, la familia real huyó, pero fueron capturados. Robespierre, entre otros, los sometieron a la Asamblea Legislativa y acabaron con los poderes dados al rey. “Luis fue guillotinado frente a la multitud. La cabeza de María Antonieta fue mostrada por el verdugo al gentío, se coreaba “¡Viva la República!”, no había mayor espectáculo para saciar las ansias de los revolucionarios, ver caída la monarquía que tanto les vejó y llevó al nivel de inmundicia y podredumbre social. Precedió a esa condena a muerte un juicio, donde su abogado Romain de Sèze, a sabiendas que no tenía ninguna posibilidad de ganar, le asistió. Todos los bienes de la esposa del rey habían sido confiscados, estaba en harapos después de más de siete meses en calabozos y malos tratos, sin embargo, el único bien que poseía era su abanico, con éste pagó los honorarios del abogado, pues simbolizaba la única fortuna en su haber. El abanico, que hoy se conserva en la Barra de Abogados francesa, es el símbolo de la abogacía en Francia, es considerado por la lealtad, valentía y desinterés que debe prevalecer en el ejercicio de la abogacía.” (¡El rey ha muerto, viva el rey!, Excélsior.mx., 17.07.17)

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