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Guatemala es un país con una población joven inmensa. Si a esto le sumamos la niñez y adolescencia que va desde su nacimiento hasta los trece años, se alcanza la suma de diez millones aproximadamente. Un volumen de personas tan importante, que el Estado y la sociedad no puede dejar en el olvido, ni mucho menos descuidarla porque como país se estaría autodestruyendo.

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En cuanto a la juventud que va de los trece a los veintinueve años, socialmente tienen algunos derechos, como el de la salud, la educación, al uso del tiempo libre y a su participación en la vida pública, así como el derecho al trabajo. Dado que el porvenir de los jóvenes está sumergido en la incertidumbre y golpeado agresivamente por la violencia, el derecho a la felicidad se convierte en la motivación   central de cada uno de ellos. La familia, la escuela, el centro de trabajo, su entorno socio-ambiental, deben ser los espacios en dónde pueda alcanzar este propósito de vida.

Como sociedad y como Estado es impensable, civilizadamente hablando, que la vida de un joven se convierta en carne de cañón del crimen organizado o migre aventureramente a otros países en búsqueda de un paraíso inexistente. El drama que hemos vivido durante el presente año, con la muerte trágica de las niñas en un Centro de Atención Social o la agresividad manifiesta por múltiples razones de jóvenes en el centro correccional Las Gaviotas con la muerte de tres muchachos, son alarmas  que nos alertan de lo que podría suceder.

Estamos ante una posible explosión social de grandes magnitudes. No hay tiempo que perder. Se deben de abrir los corazones, la sensibilidad, el afecto y la ternura, la imaginación, y sobre todo el raciocinio para diseñar cuanto antes los caminos para que la juventud, uno de nuestros tesoros más preciados,  alcance el derecho a la felicidad. El Informe del PNUD, 2011-2012 indica taxativamente que es necesario  “atender a la juventud e invertir en ella constituye una vía estratégica de transformación para el país y para el logro de mejores condiciones de vida y de convivencia social para todas y todos”.

Ciertamente hemos avanzado en torno al acceso de la educación como forma de escolaridad. No así como formadora de ciudadanía, ni en la valoración de las virtudes humanas, ni en la formación de competencias que exige el mercado laboral. En esto hasta hoy se ha fallado. Se deberá de retomar la ruta de los  valores cívicos y de las oportunidades de empleo. Pero, esencialmente, invertir para que los jóvenes puedan emprender y concretar iniciativas en diferentes áreas que les permita entre otros aspectos, el logro de sus ideales e ilusiones por una vida plena de felicidad.

Abrir canchas deportivas con entrenadores especializados. Grupos musicales que van desde las bandas de instrumentos de viento, la marimba y guitarras. Encuentros culturales para los jóvenes. Olimpiadas que arranquen desde el caserío hasta el estadio nacional. Convertir en fiesta nacional los triunfos internacionales de los jóvenes que sobresalen. Invertir en ciencia y tecnología. Ligarlos laboralmente al proceso de innovación tecnológica. Contribuir para que se reconozcan a través de la participación pública, en figuras  centrales de la vida del país.

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