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Durante la Guerra Fría, que inició en la segunda mitad de la década de 1940, el mundo entero sufrió las consecuencias de un pulso entre la Unión Soviética, que trató de imponer gobiernos marxistas por medio de la violencia, y los Estados Unidos, que luchó para rechazar el comunismo a lo largo y ancho del orbe.

Guatemala no fue ajena a esa confrontación, lo mismo que casi todos los paises de América Latina, que sufrieron las consecuencias de ese pulso de poder, inflamándose en enfrentamientos armados de distinta intensidad.

Desafortunadamente, Guatemala fue uno de los lugares en donde la guerra fue más dura, prolongándose a lo largo de 36 años, viviendo su mayor intensidad en el periodo comprendido entre 1978 y 1986, una época en la que nuestro Ejército peleo en soledad, a diferencia de la mayoría de los demás países del continente, que recibieron de los Estados Unidos un fuerte apoyo traducido en armamento y equipo.

El Ejército de Guatemala luchó haciendo un uso óptimo de su gastados recursos materiales, y lo que es más importante, apoyándose en una férrea disciplina y una tradición centenaria, logrando una victoria que tuvo el precio de 5 mil muertos entre soldados, especialistas y oficiales, que perdieron la vida frente a un enemigo que también peleó con convicción, disciplina y decisión.

Nicaragua cayó en manos de los comunistas en 1979, y cuando El Salvador firmó la paz en 1992, la mitad del país estaba en manos de los terroristas, a pesar del masivo apoyo de los Estados Unidos en el esfuerzo de guerra de nuestros vecinos, al contrario de lo que sucedió en Guatemala, en donde cuando se firmó la paz, apenas quedaban ya unos cuantos grupos aislados de guerrilleros, derrotados por nuestra institución armada.

Gracias a nuestro Ejército, hoy gozamos de un sistema democrático; con luces y sombras muy obscuras, pero democrático al fin.

Si desafortunadamente muchos de nuestros conciudadanos tienen que migrar en busca de mejores horizontes, ninguno de ellos lo hace buscando la libertad, como sucede con los cubanos.

En este 30 de Junio, rindo honores a nuestro Ejército, del que sus enemigos reconocen que jamás, durante 36 años de duros combates, se rindió un solo soldado. Un Ejército del que sus nuevas generaciones y la ciudadanía a la que sirve y protege, deben estar orgullosas, porque nunca supo retroceder ante el enemigo, a cualquier costo.

Sin embargo, nuestros veteranos de guerra son perseguidos de forma ilegal, contraviniendo la amnistía incluida en los Acuerdos de Paz firmados en 1996, y se han convertido en una valiosa mercancía de traficantes de derechos humanos, que encontraron un filón de oro en los juicios del enfrentamiento armado; procesos judiciales que son rechazados por la población que en las encuestas ha demostrado que el Ejército goza de más del ochenta por ciento del apoyo popular, que va de la mano de la repulsa en contra de la prostitución de supuestas víctimas.

Quienes pretenden la desaparición del Ejército, son los mismos que persiguen la destrucción de la familia y la implantación, por la fuerza, de un sistema socialista en Guatemala.

El Ejército de Guatemala debe saber que el pueblo lo apoya no solo por los invaluables servicios que presta ahora, pero más aún, por su papel ante la historia durante la Guerra Fría, un conflicto entre dos potencias que no nos pertenecía y que nunca se llegó a pelear en sus territorios.

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