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Nuestros verdaderos idiotas

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¿Quiénes son nuestros idiotas? ¿El ex embajador Mérida y los 4 diputados, o los empresarios que financiaron todo creyendo que podían remover al embajador?

No hace falta ser un experto en relaciones diplomáticas para convencerse de que el Embajador de los EEUU violó reglas básicas. Y por ello procedería algún reclamo guatemalteco por vulnerar las relaciones entre su país y el nuestro.

Pero al margen de las formalidades diplomáticas, creo que lo dicho por Robinson tocó con acierto el sentir y pensar de las y los guatemaltecos, que reprueban la actuación de muchos diputados y diputadas. Robinson se cuidó de no generalizar, y su descalificación recayó sólo en un grupo de cuatro diputados, una consideración que la opinión pública no le concede a nuestros congresistas. De hecho, no hacen falta encuestas sofisticadas para darse cuenta que la percepción es de rechazo a los 158, aún cuando sí hay excepciones, pocas, pero demostradas con trabajo parlamentario de altura y respaldo técnico.

Por ello es que quizá sea tragicómico, o más trágico que cómico, que quienes encendidos en patrio ardimiento nacionalista, hayan escrito que esos cuatro podrían ser idiotas, pero «son nuestros idiotas». Según esos insignes defensores de lo nuestro, con este razonamiento sólo nosotros, los guatemaltecos, podemos decirles su realidad de idiotas, y no el embajador estadounidense. Vaya forma de demostrar nacionalismo, por cierto, bastante idiota.

Si fue un impulso temperamental de la humanidad de Robinson, o una acción política premeditada y cuidadosamente diseñada para ser dicha frente a los directores de medios y prensa, en realidad no es lo importante. El valor político de la acción fue demostrar cuan equivocada, si no ridícula, fue la idea e intención de contratar una empresa privada para que cabildeara en Washington DC la remoción de Robinson, como si de esa forma es que se lograría incidir, influenciar o incluso controlar las decisiones de EEUU respecto a sus diplomáticos. Eso sí que es idiota, porque demuestra una arrogancia inmensa, desconocimiento y menosprecio a tantos años de historia.

Siguiendo este razonamiento, creo que Robinson se equivocó al descargarse en contra de los cuatro diputados signatarios del contrato con la empresa de cabildeo. Esto porque me parece que estos cuatro de idotas no tienen nada, ya que seguramente recibieron dinero, favores políticos, promesas de financiamiento para su reelección, exposición mediática y quien sabe qué más granjerías, ya que, precisamente porque no son idiotas, lo hicieron por algo, y no fue altruismo. Hicieron lo que saben hacer y a lo que se dedican.

Así, quizá el punto más importante de toda esta controversia es la identidad de los empresarios que financiaron toda la operación (que no fue poco dinero). Se dejaron engañar por la empresa Barnes & Thornburg, por los ahora famosos 4 diputados y por el ex embajador Marvin Mérida, creyendo que el plan funcionaría. Se dejaron seducir por su arrogancia, convencidos que tenían el poder de remover a un embajador de EEUU.

En realidad, Mérida y los diputados Linares, Regalado, Quintanilla y Lainfiesta, salieron ganando: les pagaron y tuvieron la exposición mediática que fascina a cualquier político. Barnes & Thornburg también ganó, porque tiene contratos contra los cuales exigirá que se le pague lo ofrecido. Como dice el refrán parlamentario, «la vergüenza pasa, pero el pisto se queda». Entonces, quizá nuestros idiotas son los empresarios que creyeron que con esto iban a obtener lo que querían: perdieron plata, no lograron lo que querían y, además, quedaron en ridículo.

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