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NUEVO

Todos aman a los descarriados. Por alguna razón nadie puede resistirse a esa rebeldía mezclada con buena dosis de culpa. Quisiéramos extenderles los brazos y llevarlos de nuevo al redil. Ser perdonavidas con ellos. Darles la oportunidad que merecen, porque en el fondo nos identificamos con todos los hijos pródigos que se mueven por el mundo.

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Un descarriado no es más que alguien que simula ante los demás. Sabe que su actitud es más efectiva que la de los “otros”, esos tan ecuánimes y planificados. El descarriado es aquel que no enfoca bien sus metas y es el mal ejemplo (por no decir chivo expiatorio) que justifica cualquier torcimiento en la conducta de los “normales”. Es el amigote borracho o la patoja perdida. Hedonistas o viciosos, mienten o roban; pero siempre existe el pacto tácito de permitirles existir. Personajes como éstos hacen que los demás aparentemos corrección, pues, por muy malos que seamos siempre hallaremos uno peor que nosotros para compararnos y tener peso a nuestro favor en la balanza de la moralidad acordada.

El descarriado es la materia prima del melodrama. El tema de muchas telenovelas, folletines religiosos, películas y canciones. Todo con ese postre final: su humillación. Esa donde el perdón y la tolerancia de los demás convierten al engendro en una mansa palomita. Eso sucede únicamente en la ficción. En el mundo real todo termina en la cárcel, en la dogmática militancia religiosa o en la muerte. Regresar al redil siempre tiene un precio mucho más alto. En el fondo todos buscamos un solo perdón, el de nosotros mismos.

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