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Deslizarse por la pendiente

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Hacía ya muchos años, tantos que no se recuerda cuántos, no teníamos una estación lluviosa tan puntual. Los aguaceros de mayo desmintieron el dicho popular, no se hicieron esperar, y junio se despide sin visos de canícula: ni en su día san Juan bajó el dedo.

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Así, entre lluvias y temblores, concluimos el primer semestre de un año social y personalmente aciago. El gris de las tardes encapotadas domina el panorama nacional: el país sigue deslizándose por la pendiente, sin que tengamos noción de cuándo y en dónde tocaremos fondo.

Después del marcado de cancha que Estados Unidos hizo en Miami el 15 y 16 de junio, los detalles pendientes de la restauración conservadora empiezan a aclararse en cuanto tocan a una visible recomposición de macro alianzas. Los representativos del gran capital aún paladean el dulce encanto del trato recibido del vicepresidente Michael Pence, contrastante con los seños fruncidos de la fase final de la era Obama.

Ya no fueron regañados, comentan en confianza. Pero más allá de las finezas vicepresidenciales, sueñan con una nueva luna de miel en la que les “devuelven” protagonismo en el presente-futuro, en la división del trabajo con el Imperio: a éste –lo dijeron muy claro– le preocupa SU seguridad. “Ahí vean ustedes cómo logran la prosperidad”, parece ser el complemento del mensaje recibido en Miami.

Por lo pronto se adelanta la formulación de la enésima panacea: la inversión en infraestructura vial para desatascar una economía caída en el bache de la “pérdida de dinamismo” bajo el influjo de la “incertidumbre”, a su vez provocada por el destape de la corrupción y los callos machucados en ese camino.

El regocijo por encontrar la ruta para reparar viejas alianzas con malinchista subordinación, tiene, sin embargo, el sabor amargo de una institucionalidad pública también en caída persistente por el despeñadero de la inutilidad y la parálisis política.

“Por lo pronto se adelanta la formulación de la enésima panacea: la inversión en infraestructura vial”.

Bajada en tobogán que ocurre en medio de una preocupante impasibilidad social, la cual recuerda las cínicas reflexiones de Fabrizio Corbera, príncipe de Salina, el personaje principal de El gatopardo: “Muchas cosas sucederían, pero todo sería una comedia; una ruidosa, romántica comedia con alguna mancha de sangre sobre el disfraz bufonesco. Este era el país de los arreglos”.

Esa es cabalmente la apuesta del poder oligárquico: mantener a Guatemala como “el país de los arreglos”, aunque deba soportarse la incómoda presencia bufa de un Ejecutivo y un Legislativo que no saben a dónde van, incapaces de percatarse que siguen arrastrando al país en su descenso por la pendiente del fracaso y la inviabilidad.

Se sigue, letra por letra, la receta gatopardista que Giuseppe Di Lampedusa pone en boca de otro personaje central de la novela, Tancredi Falconeri: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.

Eso es lo que ha venido ocurriendo desde finales de agosto de 2015. Pero el gatopardismo a la tortrix, es lo trágico, no impide que el país siga bajando hacia Xibalbá.

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