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NUEVO

Las tardes lluvias y destempladas invitan al recogimiento, a una copa de coñac y a dar rienda suelta al placer de la lectura. ¡Máxime cuando de re-leer una obra apreciada se trata! Es un re encuentro con un viejo amigo, sumado al placer de que se trata –además—de un amigo viejo.  Por eso les quiero compartir algunas frases que encontré en la novela El Seductor de la Patria de Enrique Serna (JM, 10ª. Reimpresión, 2001).  No está de más recordar “seductor de la patria” fue la caracterización que Enrique Krauze le dio a Antonio López de Santa Anna en su obra Siglo de Caudillos, según relata el mismo novelista. Y les comparto.

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¿Quién nació para mandar este país de agachados?

La inmolación es una sublime locura, pero en política sólo ganan los hombres prácticos.

Al parecer todas las capitales hieden. ¿Acaso porque son las sedes del poder? Los suntuosos mármoles de los edificios públicos tienen más volumen que estilo, pero dan una impresión de fortaleza y rectitud moral, desmentida sin duda por la conducta de sus ocupantes.

Para este mercader de la política, los conceptos de patria y honor son algo tan baladí como la letra menuda de un contrato inmobiliario.

En política la franqueza equivale a un suicidio.

Un pueblo sin dignidad es un pueblo muerto…

En este país el que juega limpio, limpio se va a su casa…

Tenía la mirada zorruna de los recién llegados al poder…

La política exige sacrificios y uno de ellos, el más grande, es halagar a seres despreciables.

El poder es una agilidad cargada de cadenas, uno termina por volverse esclavo de su puesto.

La corrupción empieza por el gobierno y de ahí se escurre hacia abajo como una cascada.

Dios me libre de los políticos neutros, a la larga son los más peligrosos, nunca se sabe para dónde van a jalar.

Por un bolillo y un jarro de pulque esta gentuza es capaz de alzar en hombros al mismo diablo.

En crisis como la presente, la firmeza y los trancazos lo componen todo.

El pueblo no tiene memoria, sólo impulsos ciegos y vísceras irritables.

Ninguna gloria es duradera en este país desnaturalizado, que sólo eleva a sus ídolos para hacerlos estallar en el aire como fuegos artificiales.

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