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Llevar a cabo campañas para mejorar la imagen de un país en el extranjero no es, en realidad, cosa del otro mundo.  Hay muchas formas en que este proceso se lleva a cabo.  Se pueden contratar espacios de publicidad para mercadear una imagen positiva del país.  Un caso muy exitoso de esto fue la campaña publicitaria ´Colombia el verdadero riesgo es que te quieras quedar´.  El gobierno de Uribe supo posicionar e ir tejiendo una ´marca país´ (branding) a pesar que las cosas en Colombia no estaban tan bien.  El resultado fue positivo al punto que, en los círculos de discusión – incluso académicos-  se decía que resultaba necesario reconocer que el término ´colombianización´ de un país debía ahora aplicarse a aquellos casos en los cuales un país consolidaba el orden y reconstruía la institucionalidad.

Además de esta práctica,  también es común realizar campañas de “lobby”.  Esto quiere decir, que el país interesado buscará medios útiles para influir en la opinión (tanto interna como pública) en otra nación, por lo general, un país que resulte importante o determinante para sus intereses nacionales.  Esto puede llevarse a cabo – por ejemplo- nombrando un cuerpo diplomático y consular cuya especialidad no sean las relaciones internacionales sino las campañas de publicidad o contactos con tanques de pensamiento que influyen en la política pública.  También es común (aunque bastante caro) contratar los servicios de figuras políticas (que ya se encuentran en situación de retiro y no ocupan cargos públicos), o lo servicios de empresas especializadas en la materia.  El punto aquí fundamental es acceder a la posibilidad de influir en la opinión de actores políticos determinantes.  Cuando los países latinoamericanos han optado por esta vía,  buscan de alguna forma modificar la opinión de senadores estadounidenses (senadores que tengan asiento en comités relacionados a los temas de interés).

El efecto de este tipo de esfuerzos es muy limitado  La mayoría de senadores estadounidenses que tienen asiento en comités específicos regionales (si bien son políticos) tienen años lidiando con las temáticas que les ocupa.  Se les sobrecarga permanentemente con literatura, reuniones con profesores universitarios en temas regionales y además, cuentan con los insumos de su propia Cancillería (Departamento de Estado).  Intentar cambiarle el ´casette´ a un senador estadounidense que tiene asiento en un comité especial no es cualquier cosa.    Modificar la opinión profesional que tienen los senadores estadounidenses que conforman estos comités requiere – en realidad-  acciones concretas por parte de los Estados interesados que muestren un cambio de ruta.  Es decir, una de dos: o se toma la decisión en cuanto a que la opinión que otros Estados tengan sobre los actos soberanos no importa  ( por ejemplo , la posición mexicana durante los años en que la doctrina Estrada era la regla de política exterior)  ó, se le toma importancia y se intenta enmendar la plana.  Lo primero es increíblemente difícil para países como Guatemala que son dependientes de cooperación ( y en particular de cooperación estadounidense).

Pero otra cosa muy distinta es contratar los servicios de una empresa de imagen-lobby para canalizar mensajes de molestia con respecto al comportamiento de un representante diplomático o, para ventilar tramas políticas internas.   Para lo primero existen los canales diplomáticos establecidos que permiten plantear una protesta,  y para lo segundo, es mejor no hacer nada.

Si bien el comentario del embajador estadounidense llamando idiotas a los parlamentarios guatemaltecos que iniciaron estos esfuerzos de lobby es un comentario que rompe con las formas diplomáticas tradicionales, la verdad es que, tiene toda la razón.

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