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De un tiempo a la fecha me he cuestionado el por qué hago las cosas que hago y cómo estas actividades me han brindado muchas satisfacciones y se han convertido en parte importante de mi vida.

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Hace algunos días meditaba el por qué me envolví en el maravilloso hábito de escribir y para empezar a analizar las razones tuve que remontarme a la época de mi adolescencia, a aquellos días en los que prefería sustraerme del mundo que me rodeaba y sumergirme en el universo de la lectura – algunas veces de fantasía y otras de innegable realidad- que navegué en innumerables jornadas.

La pasión que desarrollé por la lectura se ha mantenido desde entonces y ha propiciado mi incursión en el arte de escribir, por supuesto soy un neófito en este campo pero poco a poco voy encontrando ese estilo particular que define a cada escritor y que es la huella digital que lo identifica.  La lectura y la escritura me han brindado la oportunidad de viajar a lugares distantes, imaginarios e incluso me han llevado a un viaje de autoconocimiento que me ha permitido conocerme y cuestionarme;  me han presentado personajes que van desde los admirables héroes hasta los villanos más crueles y despiadados, pasando por mis personajes favoritos, las personas como usted y como yo, de carne y hueso, con sentimientos, con vida y mucha realidad.

Sin duda estas actividades, mis pasiones, me han regalado un poco de todo: amor y odio, alegría, infortunios, desdichas, paz y esperanza, guerras y mil batallas, hielo y fuego, romance y desamor, emociones y amarguras, sentimientos y pensamientos que nunca sospeché experimentar.

Mientras voy aprendiendo a escribir, a crear y componer, aprovecho a disfrutar el proceso, a celebrar con cada palabra, con cada frase, cada idea, cada borrador, a gozar con la felicidad que me provoca el sublime acto de escribir, plasmando en el papel todo aquello que ha permanecido latente en el corazón y en el inconsciente, inspirándome en vivencias propias, en lo que pasa a diario, en recuerdos, en deseos y aspiraciones y en las cosas que puedan parecer sencillas.

Al final llego a la conclusión que el motor que me incita a escribir es que le invita a uno a sentirse completamente vivo.

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