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Resiliencia o vivir en peligro versus vivir con seguridad en Guatemala

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Por: Beatriz Villarreal

Hace más de diez años, luego del 11 S en Estados Unidos con las torres gemelas, todos los países eran parte del proyecto político de la modernidad. De las instituciones democráticas y de sus políticas públicas, cuya meta era la búsqueda de una vida plena y segura. A partir de esa fecha se impuso a nivel global, cada vez más, en cada República, “modelos reducidos” que nos condicionan a vivir en peligro. Este se convirtió en parte de nuestras vidas.

Las instituciones sociales han tenido que ubicarse progresivamente en un contexto que tienen que asumirlo como una característica a tomar en cuenta en cada paso del proceso a construir por las personas y los pueblos en todo el mundo. Como parte del proyecto socio-político desarrollando capacidades para vivir con el riesgo, lo que requiere de sujetos capaces y conscientes de este proceso, del cual es responsable con la destrucción y el deterioro del ambiente.

La resiliencia se define como el realismo del riesgo planetario, pues ya no hay retorno a la seguridad a la cual aspiraban las sociedades. La inestabilidad e inseguridad se han convertido en la norma de los sistemas complejos, lo que hace que nuestra supervivencia sea fundamentalmente responsabilidad individual y dependa de la madurez de la razón colectiva que podamos alcanzar.

Ejemplos en Guatemala hay muchos. Requieren y exigen el manejo de las autoridades e instituciones públicas de riesgos ocasionados por desastres extremos como la reciente muerte de 41 niñas en el incendio de un centro de protección social. Este problema al no ser resuelto a tiempo y adecuadamente por el gobierno, a pesar de contar con información, multiplicó la gravedad de esta situación y demostró la debilidad de gobernanza en el país. Fue la respuesta de la población la que no dejó que se convirtiera en un dato más, exigiendo capacidad instalada para evitar casos semejantes.

Otros ejemplos más generales se manifiestan en el cambio climático con la escasez de lluvias en lugares como Chiquimula, que afectan desde hace años a la población que menos alimentos recibe en ese departamento con los resultados que produce esta sequía crónica, a la que no se le ha dado una respuesta adecuada. Recientemente en países como Perú y Colombia están las inundaciones que provocan daños dramáticos a la población.

La capacidad para hacer frente a esta vulnerabilidad, es anticipar adecuadamente los efectos adversos para enfrentarlos y poder recuperarlos. Tomar en cuenta las posibilidades de ocurrencia de desastres naturales y sociales como parte del quehacer de la política comunal. Incrementar la respuesta a esa resiliencia por las comunidades afectadas para enfrentar en nuestro caso, problemas tan profundos como el hambre y la desnutrición, sin depender de la solidaridad de otros países que son productores de alimentos, o de la FAO.

Se trata de desarrollar nuestra propi a capacidad para el manejo correctivo y futuro de los riesgos, teniendo como premisa no exponer de manera deliberada a la vida, pues es lo que la hace vulnerable.

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