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Aspavientos. Eso genera en los maestros de secundaria la jerga sexual que manejan hoy en día alumnos de secundaria que ni siquiera tienen 14 años cumplidos. Pláticas que se dan durante los períodos de recreo o entre el timbrazo que separa un período y otro. Los chicos dentro del aula no son los mismos que cenan silenciosamente en casa y junto a sus padres.

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Sucede que la complicidad que nace de la convivencia generacional, da más libertad para vivir y experimentar una vida afuera del núcleo concentracional de la vida familiar. Un vocabulario enriquecido por palabras y experiencias que ni los mismos padres de hijos adolescentes han imaginado -no digamos practicado- en toda su vida.

Es evidente que hoy en día existe una conciencia más clara de ese cuerpo que va desarrollando una necesaria y saludable sexualidad activa. Lamentablemente no existe una forma lúcida de cambiar ese paradigma de creer que la censura mojigata es suficiente para evitar que una adolescente quede embarazada o un chico se contagie de una enfermedad de transmisión sexual.

Mi generación, la de los panzones y melancólicos cuarentones, pasamos el morbo de las coloridas revistas pornográficas y el lastre de la iniciación masculina en lupanares, donde nuestros amigos o incluso nuestros mismos padres alquilaban un cuerpo que nos transformaría, de mocosos inexpertos, en “machos”. Todo sigue igual, pero ha cobrado matices.

La información ha convertido en anacrónicos algunos tabúes como la virginidad, los anticonceptivos, el VIH y la homosexualidad. El asunto ahora es: ¿podrán nuestros cacareados valores morales imponerse a la curiosidad y al deseo de los adolescentes? Orientar es saber escuchar y comprender; los “valores” que se imponen a la fuerza, son los primeros que se destruyen.

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