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La discusión sobre magisterio

NUEVO

Gracias a la Escuela de Nebaj la sociedad guatemalteca vuelve a lanzar una mirada a las Escuelas Normales, a la carrera de magisterio, a la temática que, para la paz y el conformismo de muchos, ya eran temas enterrados y ocultos.

Sin embargo, no es así. La discusión vuelve a ponerse en la mesa y devuelve a la sociedad la posibilidad de reflexionar sobre algo tan fundamental para la realidad educativa. Por ejemplo, volvemos al reconocimiento de que es fundamental para el desarrollo cultural y educativo de nuestro país la realización de esfuerzos sociales e institucionales de altísima calidad en relación a la formación de quienes conducen cotidianamente las acciones pedagógicas y didácticas con niños, niñas y adolescentes.

Estos esfuerzos de altísima calidad no se reducen, o debieran reducir, a creer que todo se resuelve con enviar a la educación superior la formación inicial docente. ¿Quién forma a quien formará a las jóvenes generaciones? ¿Quién asegura que las universidades van a comprometerse con una auténtica visión de Estado, con una visión que asegure pertinencia cultural, compromiso real con las demandas de los pueblos, incluida una educación que contribuya a sus luchas? ¿Quién nos asegura que la formación inicial docente en las universidades es una formación a favor de transformar nuestra sociedad?.

Es un hecho que el neoliberalismo, proyectado en el individualismo extremo de los egresados universitarios, se alimenta de la formación universitaria alejada completamente de las realidades y demandas de las poblaciones más empobrecidas y excluidas de nuestro país. La formación inicial docente no va a ser una excepción a ese proyecto hegemónico que necesita a la educación escolar como el principal instrumento para la creación de una ideología de la sumisión, el silencio y la falsa ciudadanía (la de votar cada cuatro años, y nada más).

La formación de docentes es tan crucial que es un enorme riesgo para el presente y el futuro de los pueblos excluidos que quede en manos de las universidades, tanto la pública como las privadas. Por ello, las Escuelas Normales constituían una posibilidad -y lo siguen constituyendo- de contar con espacios en los que pudiera tener lugar la conexión entre pueblos-academia-sistema educativo.

Fuera de ellas, los pueblos quedan fuera y a merced de la mediocridad académica y de la rendición sumisa del sistema educativo a los poderes dominantes (a través de un funcionariado acrítico, deficiente y sin visiones profundas e integrales de la realidad). Como lo hemos dicho tantísimas veces, tampoco se trata de volver al modelo tradicionalista en el que las Escuelas Normales se podían quedar estancadas en el tiempo. S

e trata de revigorizarlas para que, a partir de sus genes históricos tan ricos, puedan situarse en el presente con la dignidad y el aporte que necesitamos para configurar un futuro diferente. También se trata de asegurar condiciones laborales, jurídicas y sociales distintas para los docentes. Y ello pasa por la necesaria revalorización del trabajo y la función docente.

Quizá aquí aparece la utopía, ¡tan necesaria como útil!, de plantearnos la posibilidad de tener maestros y maestras que, desde su protagonismo político, redignifiquen no solo su carrera, sino a la educación en todos los sentidos. Discutir sobre el magisterio es discutir sobre lo que somos y anhelamos para nuestro país. ¡Semejante compromiso no lo podemos desdeñar!

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