El Siglo

La honradez, el mejor símbolo del poder

Entrar al Palacio Nacional, es una experiencia única. Usar el ascensor cuya originalidad lo transporta a un espacio mágico, que fácilmente puede aislarte de la realidad y llevarte a un mundo lleno de imágenes, cada vez más borrosas en el recuerdo de los guatemaltecos.

A mí esa edificación me impone, como una presencia que en sus entrañas más profundas y desconocidas, todavía recogen las voces de quienes desde sus majestuosos espacios tuvieron el pulso del país en sus manos.

No cabe duda, que los signos de poder externo, en el caso de nuestra casi extinta casa de Gobierno, han formado parte del traje que cubre la dramática condición humana, de quién haya tenido el privilegio de ocuparlo como presidente de la República.

Y claro que ha formado parte de la parafernalia que rodea el mando, el poder, la autoridad.

Siempre los símbolos han sido fundamentales para darle a quién los ostenta, una condición relevante, que lo distingue y diferencia de los demás.

Pero eso no es necesariamente cierto, interrumpió Jorge Roberto, la interpretación que del majestuoso edificio histórico comenzaba a esbozar Haroldo Penados, quien en su condición de ingeniero, ve con especial admiración la majestuosa construcción gubernamental.

Yo afirmo, continuó Martínez del Rosal, que un líder con las características de Estadista que debiera reunir un presidente, como condición fundamental, no necesita de un palacio para hacer valer su condición de dirigente nacional y principal responsable de la conducción de las políticas de Estado, que la ley le impone como obligación aparejada al cargo, dijo con energía. Es más puntualizó: el presidente es un ciudadano común y los palacios a mí me parecen más un resabio de la monarquía que un atributo del poder en este siglo 21. Tomó un respiro y se confirmó en su posición diciendo: ni siquiera debiera considerarse como un jefe en una sociedad democrática, al contrario, es el empleado mejor pagado del pueblo.

Tenés razón Jorgito, intervino de nuevo el ingeniero Penados, pero yo no me refiero a eso, creo sinceramente que el espacio donde se ejerce el poder tiene que tener ciertas características que por delegación de esa soberanía popular, que procede del pueblo, el presidente deja de ser un ciudadano común para transformarse en un símbolo de unidad, de la voluntad política que ejerce solemnemente en representación de todos. Sabés que es lo que pasa, refutó de nuevo Jorge, no hay que confundir carácter con poder, no hay que mezclar sabiduría con autoridad. No es lo mismo convencer que imponer su punto de vista, no es lo mismo un estadista que un dirigente político cualquiera y un presidente aunque tenga un palacio, si no es estadista, lo habita como un ciudadano que lo deslumbra el edificio y lo asusta el poder y lo aflige tener la decisión del  mando. A veces vos Haroldo, tenemos en la calle muchos presidentes sin palacio y no ha sido extraño que algunos presidentes se pierdan  o tropiecen en los pasillos y túneles secretos de la hermosa construcción  apoyándose en sus asistentes por la euforia del último traguito,  señaló con cierta sorna Martínez del Rosal.

Lo interesante de la polémica y su diferencia con la confrontación es que aún encendidos los ánimos, deja espacio para contrastar posiciones y terminar en paz, aunque las dos formas de intercambio de ideas, lleguen a veces al filo de la navaja.

Yo me decanto por el debate, que no es lo mismo que las anteriores. En el debate la controversia no surge por generación espontánea. De antemano se sabe, que los convocados tienen posiciones encontradas y cada quién deberá preparar su argumentación sabiendo que se encontrará con la versión contraria.

El debate enriquece a quién lo escucha y le da la oportunidad de pronunciarse por una u otra posición, más por conocimiento de causa que por emoción. Aunque nunca falta quién, en el debate, cuando se siente vulnerable o francamente golpeado por la habilidad de exposición de alguno de los disertantes recurra a la demagogia, para buscar como vía la de sustituir la posibilidad de razonar, por el impulso de un golpe de emoción cardiovascular que le agite momentáneamente el corazón al auditorio.

Hubo esta semana un debate, que tuvo como tema de discusión el Estado actual de las reformas constitucionales, y  alguién, quizá el más joven de los participantes, para justificar su posición, recurrió al golpe de mano de la demagogia, tratando de contagiar al auditorio con su derecho como ciudadano común a formar parte del sistema de justicia.

“El sistema de justicia no debe ser de exclusiva participación de los abogados, porque pertenece al pueblo”, dijo con emoción para provocar la adhesión  de quienes no siendo abogados, también estiman que pueden dominar todos los temas y gracias a Dios son prudentes en eso de pensar que podrían ejercer todas las profesiones. Resulta que un nuevo Consejo de Justicia, incorpora a tres profesionales de otras disciplinas ajenas al derecho, los hace por decreto de sus pistolas, magistrados equivalentes, a los de la Corte Suprema de Justicia (CSJ), jerarquía que les otorga inexplicablemente también a un juez de Paz, a uno de primera instancia y a un magistrado de Sala.

Un solo abogado litigante y tres de otras profesiones para integrar algo así como la unidad rectora de la Justicia del país. Meditándolo un poco pensé: ojalá a mi amigo el doctor Espada no se le ocurra hacerme directivo de Unidad de Cirugía Cardiovascular de Guatemala (Unicar). Y aunque esa posición quizá me quedaría tan floja como un uniforme de piloto de aviones ultrasónicos, si me afligiría muchísimo más, que el doctor Espada, en el momento crítico, pidiera mi descalificada opinión en una operación de corazón abierto, pero así andan las cosas en nuestro país.

Una Corte de Constitucionalidad (CC) asumiendo la creación de una normativa paralela y de cumplimiento obligatorio, en muchos de sus fallos.  Propia de la función que corresponde al Organismo Legislativo. El Ejecutivo recibiendo los regaños por los atrasos a la discusión de las reformas, que corresponde al Congreso. Y lo más contradictorio, ni el Legislaltivo, ni el Ejecutivo, ni el Judicial, aceptan la paternidad de las benditas reformas, que fueron innecesariamente presentadas por los presidentes de los tres organismos del Estado, que por mandato constitucional, no tienen legitimación activa para presentar de manera tripartita esa iniciativa.

Vean ustedes el artículo 277 de la Constitución Política de la República prescribe en cuanto a la iniciativa para presentar Reformas Constitucionales por la vía del Congreso de la República lo siguiente: a) el presidente de la Repúbica en Consejo de Ministros b) 10 o más diputados al Congreso de la República c) La Corte de Constitucionalidad y d) el pueblo, mediante petición dirigida al Congreso de la República, por no menos de cinco mil ciudadanos empadronados por el Registro de Ciudadanos.

En ningún inciso dice “presentadas por los tres presidentes de los Organismos del Estado” como innecesariamente se hizo. Pero lo más confuso, es que ahora nadie se hace responsable de la presentación. Y las enmiendas a los artículos las hacen los diputados como si se tratara de una ley ordinaria, ignorando que no se pueden hacer, si no se han conocido las iniciativas originales, que en su caso, por el derecho de iniciativa es exclusivo de quienes la tienen de acuerdo al artículo anterior,  y solo las podrían hacer, los ponentes de las reformas y no de manera aislada, un día un grupo de diputados, otro día, uno distinto.

El derecho constitucional, por tratarse de uno que atañe a la soberanía popular, única titular del poder originario, que se lo transfiere por la vía de la representación a los tres Organismos del Estado, cuando no se convoca a una Asamblea Nacional Constituyente, de manera democrática y directa, tiene que ser sumamente formalista en su tramitación, porque no se trata de una ley cualquiera, se trata de la Ley de Leyes de la República.

Unos a favor y otros argumentando jurídicamente en contra, contrastaron sus posiciones en el debate, convocado por Fundación Esquipulas para tal efecto. Sano ejercicio, que debe repetirse hasta agotar el tema y buscar la forma que en virtud de no haberse convocado a una Constituyente, se encuentre el consenso en un proyecto de nación con todos los sectores sociales, políticos, económicos, académicos y profesionales de la nación, para evitar que el regocijo de un nuevo proyecto, se transforme en el motivo de un gran desencuentro nacional que culmine en tragedia.

Puchis don Edmundo, porqué tanta pasión, me dijo Blanquita de Ruíz, licenciada en Educación Superior, que desde la brillante participación de Gladys, la semana pasada,  se hizo de un espacio en la mesa de discusión.

“Yo como mujer, me preocupo de lo básico, don Edmundo”, pensó y continuó “en tanto ustedes discuten las reformas constitucionales, los hogares guatemaltecos, se ven cada día más en trapos de cucaracha. Vea usted, se escapan reos, las maras toman las colonias y transforman en sus rentas, la extorsión, por el solo hecho de  vivir uno en casa propia. Ahora amenazan con atacar a los pasajeros, además de los choferes y ayudantes, si los autobuseros no les pagan la extorsión ¡De verdad don Edmundo! ¡No hay trabajo!. Yo no entiendo como dicen que la economía va a crecer más de un dos por ciento este año, si la gente se está muriendo de hambre. Vamos a mitad del ciclo escolar y hace falta que en muchas escuelas se complete el claustro de maestros. Se fugan los reos o mejor dicho los internos, de los centros de detención y en lugar de sancionar la negligencia, debemos declararlos héroes si los recapturan ¡Ese es un colmito don Edmundo!. Imagínese detienen al señor Lacs, con una orden de captura falsa, sabiendo que es un documento que tuvo que pasar por la aprobación de muchos filtros y despachos hasta llegar físicamente a las manos de los policías que hicieron el operativo. Existen territorios donde el Estado está completamente ausente y para recuperarlos se tiene que imponer un Estado de Sitio. Es increíble don Edmundo, pareciera que el Estado de Guatemala, se redujera a la zona 1 donde está el Palacio, La Corte de Constitucionalidad y la de Justicia y el Congreso de la República porque ya en Mixco, la Primero de Julio, Villa Nueva, Petapa y toda la zona central, está sujeta a la Ley de la Selva y en el interior de la República, alcaldes que todos los vecinos saben que pertenecen a carteles de narcos y lo publican en algunos medios, y nada sucede.

Le sugiero que no salga sin un mecánico al canto, por aquello de los cráteres monumentales que compiten con los del Acatenango y de Fuego destruyan su carro y los responsables, bien gracias. En eso pensamos las mujeres que trabajamos, o que nos quedamos con el alma en un hilo pensando si regresarán nuestros hijos, nuestros esposos, si tendremos para pagar la luz, el agua, y la comidita don Edmundo. La verdad, estamos jodidos todos ustedes. Y mientras tanto, hablando de Reformas Constitucionales en lugar de recuperar la gobernabilidad. Yo aplaudo la lucha contra la corrupción don Edmundo, pero corruptos también son los pandilleros, que sueltan en secreto de las cárceles, los asaltantes, los asesinos, los traficantes, los contrabandistas, los malos policías, los malos ministros, los malos funcionarios y mejor no sigo don Edmundo porque no vaya ser que me acusen de genocidio mediático porque voy a diezmar a la población”.

Todos mis contertulios tenían un poco de razón. Especialmente Blanquita. Creo que el Palacio Nacional debiera de continuar siendo el centro del poder político del Ejecutivo. Su majestuosidad, impone sin lugar a dudas, el respeto que la representación de todos los guatemaltecos merecemos.

Por cierto, vi con agrado, al presidente, en su despacho del Palacio Nacional, concediendo una entrevista, sin duda alguna ese escenario impuso a sus interrogadores, un marco de referencia que alimenta el respeto y los buenos modales.

Así, también lo he visto con desagrado, asistir a los páneles de noticieros de televisión, donde por su buen carácter y al parecer necesidad escénica de caer bien, sus anfitriones, lo han tratado con muy poco respeto. Comunicadores comunes y corrientes, sin pasado conocido y futuro incierto, interrogando de manera abusiva al representante político de todos los guatemaltecos. Esa no es Democracia, a eso yo le llamaría relajocracia.

Me cae bien un periodista de una cadena internacional de noticias, no obstante, que por su estilo y jactancia, pareciera que le hace una concesión y un favor a quién entrevista. Sin ponerse a pensar que él es producto del plumazo de un ejecutivo de la empresa, y en su caso, un presidente, representa a su nación y la voluntad política de millones de electores.

He comentado, con un poco de tristeza, que es el colmo que en medio de una entrevista le digan a un presidente: “me permite, tenemos que ir a unos comerciales y seguimos al volver”, como si se tratara de perico de los palotes y no un dignatario de una nación respetable.

Cuando presienten a un presidente débil, se lucen tratando de demostrar sus falencias, por contraste y aunque no me agrade, estoy seguro que al presidente Donald Trump, no le harían esas groserías.

Me gusta el Palacio Nacional, no el Palacio Nacional de la Cultura. Ese espacio es presidencial. Muchas veces deshonrado pero también algunas veces, honrado por sus presidentes.

Debiera ser el centro del poder, de la Gobernabilidad, del mando Ejecutivo, la noble casa del respetable estadista que dirige los destinos del país. La casa del orgullo nacional. El hogar de la esperanza de todos los guatemaltecos. El despacho del hombre más respetado del país.

Trasladar como lo han hecho, el despacho presidencial a la casa presidencial, me parece que es como instalar el dormitorio en la cocina.

Por favor presidente vuelva al Palacio Nacional. Haga de su despacho el lugar de la convocatoria a la unidad y reconciliación nacional. Allí está su verdadera oficina. Y no es signo de ostentación ni vanidad. Es la honradez la insignia que debe colocarse en el pecho un presidente.

Estando una vez en Santiago de Chile, era nuestro embajador el doctor Juan José Arévalo. No obstante esa condición no le permitieron venir a su tierra al entierro de su madre, así somos en algunas ocasiones. En la cena, demostrándole mi profunda admiración y respeto, quise hacer una figura alegórica a su admirada condición de expresidente y le dije: “doctor, creo que quienes le sucedieron en la presidencia en lugar de ver su propia figura reflejada en el salón de los espejos de Casa Presidencial, seguramente quisieran que se reflejara la suya. Fue usted un gran ejemplo”. Con la bohomía que le caracterizaba y con una sonrisa y voz que lo cubría a uno por completo aunque hablara quedo, me contestó: “te equivocas, cuando vieron la pobreza que me acompañó como expresidente, creo que les dieron ganas de robar” y ya sin ocultar la risa concluyó: “por mí se volvieron ladrones creo que fui un mal ejemplo”.

Yo, quisiera muchos más malos ejemplos como ese en el presente y en el futuro. Jesús así lo quiera.

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