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NUEVO

Mis pasos apresurados por la llovizna que avisaba el asalto de la lluvia intensa, se fueron deteniendo ante la sensación provocada por el olor a tierra y monte mojado. Los aromas se posesionaron de mi conciencia ante la invasión de la memoria originaria y más vital de los sentidos. Las gotas que poco a poco resbalaban en mi rostro solo intensificaban el estado de un cuerpo capaz de reunir un universo compuesto de percepciones entretejidas por los gritos lejanos de los niños y las risas que inevitablemente traen consigo los juegos húmedos del invierno.

La vista desfigurada del entorno por las gotas que se cuelan entre las pestañas incitaba una mirada más profunda. Los caminos glotones de agua simulaban riachuelos de color café entrecortando el verde en sus diferentes tonalidades. Las correntadas pasaban al lado de las casas metidas entre montañas y valles dónde uno puede vivir aún en contacto con los semejantes, inevitablemente inmerso en eso que llamamos comunidad, sin el ruido y el brillo de las pantallas luminosas.

Como convocado por las personas que corrían a resguardarse del agua y quienes me gritaban en el idioma Achí, que no era el mío pero que lograba comprender convirtiéndose en propio; caminaba cada vez más rápido hasta atravesar el puente colgante y llegar a un refugio de cualquier casa donde era literalmente bienvenido (Utzilaj k’uneem). Me sentaba alrededor de los braseros que me hacían sentir el calor que emanaba de la leña y nuevos olores de masa, atoles y tortillas.

Pronto, entre risas, silencios y la confianza que crecía por la incitación a la conversación que surge en medio de la melodía arbitraria que produce la lluvia cuando choca con las láminas de las covachas, se iniciaba el ritual invaluable del diálogo que sin pretender llegaba a la profundidad del otro y a develar la mía. Era como esos tejidos que elaboran las señoras, que se construyen en el ir y el venir de diferentes colores y que van agarrando formas propias.

Uno llega a recuperar espacios perdidos de humanidad en el reconocimiento del prójimo haciendo de las limitaciones económicas un tipo de riqueza que se construye en una comunidad espiritual. La comunicación es capaz de entretejer historias humanas y humanizadoras. A través de la palabra y el intercambio se articula un sentido con un lenguaje sencillo y entendible entre risas y llanto en medio de la lucha por la sobrevivencia, mientras se comparten unos boshboles o una tortilla llena de esperanzas.

Pueblos como Dolores, en medio de San Miguel Chicaj, se han sostenido por la resistencia frente a la adaptación alienada que se olvida del fin primordial de la convivencia que constituye un déficit en occidente y que, como lo expresa Sábato, es un motivo legitimo para la resistencia: “es apremiante reconocer los espacios que nos quiten de ser una multitud masificada… siento con entusiasmo para recomenzar otra manera de vivir… Algo diferente que se valora, que nos asombra y que sentimos como una utopía que nos acercara.” Esta experiencia es aprender el mundo de otra manera, dejando que la sensibilidad más originaria se posesione de nosotros, es el otro quien se dirige hacia uno sin intermediación más que las risas y las preocupaciones que nos trae la existencia en toda su plenitud.

La riqueza nuestra se encuentra en comunidades como Dolores, donde se configura lo humano, se ama, se comparte, se dialoga y se produce un tipo de riqueza que es diferente con sabor a selva y solidaridad.

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