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NUEVO

Las noticias de ayer son exactamente las de hoy. Guatemala en los mismos episodios de brutalidad y violencia. Nuestro umbral del dolor es tan increíblemente tolerante que parece no existir otra bitácora que la del miedo, la frustración y la violencia.

Tres elementos que producen la sociedad en que vivimos: el miedo que nos mantiene divididos en un apartheid con maquillaje democrático; la frustración que nos reduce a la inmovilidad y a la misantropía; y la violencia que es una rutina de golpes y contragolpes que nunca llegan a terminar. Cada guatemalteco es una realidad solitaria. Sobrevivir al aislamiento es lo más difícil que nos toca.

Habitamos dentro de una muralla de prejuicios que no nos permite ver otro camino que no sea el de la desigualdad y la intolerancia, esa constante que ha definido toda nuestra historia. El pasado de este país no es un pasado. Somos la imagen inmóvil de un sitio donde todo permanece sin variaciones y donde lo único que parece cambiar son los rostros de quienes actúan.

Cuando alguien dice, estamos volviendo a la represión y a las prácticas políticas del pasado, pareciera anular con esta afirmación todos los enormes problemas que existen hoy en día. Pareciera que “el pasado” es un término ideado por los dirigentes políticos con el único fin de edulcorar el presente y su deprimente estado de cosas.

El derramamiento de sangre reducido a una simple nota roja, el imperturbable desinterés que existe ante la miseria y el autoritarismo legislado con total impunidad, son todo nuestro presente. Nada nuevo, mi pregunta es: ¿dónde se encuentra entonces “el pasado”?

 

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