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Cuando los niños son los que menos importan

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En resolución reciente, la Corte de Constitucionalidad amparó a padres de familia y alumnos de la Escuela Normal Bilingüe intercultural del cantón Xolacul, Santa María Nebaj, Quiché. La CC demoró más de tres años para dar la razón a los recurrentes, cuando los afectados ya no podrán ser resarcidos.

I. GUILLE

I. Guille

La sentencia, emitida el 22 de febrero de este año solo vino a ser conocido la semana pasada, no pudiendo ser consultada aun en línea por la mayoría de la población. Durante todo el culebrón que resultó ser el traslado de la formación de maestros a la Universidad de San Carlos en los que nunca se pensó fue en los jóvenes estudiantes y sus futuros alumnos. Se les usó como pretexto, pero no se les priorizó en sus necesidades e intereses. Lo que importó al grupo patriota fue satisfacer una expectativa ideológica burda y simplistamente construida. Ningún estudio serio y científico dio sustento a las medidas tomadas pero, como loros y papagayos, por todos lados y lugares se dedicaron a repetir que la solución a nuestro desastre educacional era trasladar la formación de maestros al nivel superior, en particular a manos de las oligarquías administrativas de la Universidad de San Carlos.

Con toda la intención del caso se ha evitado decir que la causa principal de todos nuestros males radica en la pobreza, que solo se reducirá con una política económica totalmente diferente a la actual. Así, se reunieron ante un mismo plato el hambre con las ansias de comer. Unos supuestamente deseosos de transformar el país para que los negociantes sigan explotando trabajadores y otros interesados en poner las manos en un imaginado supernegocio. Cuatro años después vemos que no solo se actuó errónea e ilegalmente, tal y como en este mismo espacio lo señalamos en su momento, si no que la mejora sustantiva en la formación de maestros brilla por su ausencia. La mayoría de los egresados del bachillerato con orientación en educación no han optado por continuar su formación como maestros y los pocos que sí lo han hecho están inscritos en programas de fin de semana, atendidos muchas veces por los mismos docentes que, supuestamente, no eran los más aptos para hacerlo. Si en las normales los alumnos dedicaban todo su tiempo a los estudios, ahora dedican solo una pequeña porción para hacerlo, concentrados en realizar tareas escasamente remuneradas para sobrevivir.

La posibilidad de mejorar la formación de maestros se tiró por la borda, no solo por la ambición desmesurada de algunos por controlar recursos públicos que al final de cuentas no fueron tan voluminosos como imaginaban, si no sobre todo por la manera intransigente y autoritaria con la que las autoridades del régimen patriota realizaron el proceso, más que tardíamente señalado de ilegal por la Corte de constitucionalidad. Desde que se instauró el régimen portillista en el año 2000 las presiones para que se realizara el cambio fueron intensas y activas.

Sin embargo, en esos más de 12 años los defensores de tal traslado nunca presentaron estudios serios que demostraran que los problemas del sistema educativo guatemalteco eran causados por las escuelas normales. Tal fue el enredo que se hizo que si en un inicio toda la formación docente de nivel medio se pretendía trasladar a la Usac, finalmente la de maestros de educación infantil se quedó en las escuelas normales, sin más explicación que de esos sí urgía tener más egresados. No era pues la razón fundamental mejorar la formación de los maestros, sino simplemente reducir el número de egresados.

Sin embargo, no se crearon otras carreras que atrajeran a todos aquellos que hasta 2012 veían en la de magisterio una opción laboral clara, además de permitir el acceso a la educación superior cuando tuvieran cómo financiarla. El Mineduc, con toda seguridad, resolverá el problema emitiendo los acuerdos que tanto temió redactar el grupo patriota, y constitucionales o no, la cuestión solo vendrá a ser resuelta cuando todo el daño ocasionado sea ya irreversible.

La formación de maestros merece ser tomada en serio, pero para ello no solo debe empujarse el problema a un rincón, el mismo ya oscuro y sucio. Debe convertirse en el proyecto principal de todo un gobierno, en el que los maestros de las aún conocidas como escuelas normales son actores indispensables.

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