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A menos que predomine la cordura y la responsabilidad, este miércoles 10 de mayo podría reeditarse el ambiente de confrontación vivido en las últimas dos semanas en el Congreso de la República. El origen superficial de la tensión, como es sabido, es el posicionamiento polar de quienes están en contra de las reformas constitucionales en materia de justicia.

“Llevar a ese callejón sin salida parece ser el propósito de los mendaces desplantes histéricos de la contra reforma constitucional, vociferante en el Congreso”.

En un más que presumible compadre hablado con legisladores realmente opuestos a esas reformas, la extrema derecha se ha lucido desempolvando la vieja retórica del anticomunismo ramplón. Carente de argumentos, una curiosa entente de camisas y manos blancas, sacude el petate del muerto, la mentira simple y llana, para bloquear por enésima vez la mínima posibilidad de que este país pase del siglo XIX al siglo XXI, dado que el XX fue la centuria de la obscuridad nacional. En diversos ámbitos, entretanto, se oyen voces preocupadas por “la polarización en que está cayendo el país”. Alarma referida, claro está, a la expresión verbal de antípodas políticas e ideológicas, no a la polarización económica y social histórica, estructural, que marca a Guatemala.

Pero mientras, en aras de la corrección política y los buenos modales, se resista el reconocimiento del vínculo de una realidad socioeconómica injusta con nuestra proverbial inclinación a la confrontación discursiva y el entrampamiento político, no habrá forma de superar esta enorme Babel en que nos hemos convertido. Babel que oculta, tras la bíblica y presunta confusión de lenguas, la subsistencia de un estado de cosas donde una ínfima minoría se queda con la tajada del león de la riqueza creada por todos, mientras las grandes mayorías (incluyendo las capas medias en acelerado proceso de depauperación) tienen que ver cómo se las espantan para sobrevivir.

En tanto se ignore la necesidad de superar esa base material de la polarización, ésta persistirá a pesar de bien intencionados llamados al diálogo y la concertación, varios de los cuales empiezan a gestarse de nueva cuenta en estos días. “Necesitamos un acuerdo nacional”, “debe propiciarse el diálogo”, se escucha de nuevo ante la evidencia del empantanamiento en que se encuentra el país: ni para atrás y menos para adelante.

El problema está en que desde el presunto retorno a la democracia (1986), la gran mayoría de ejercicios dialógicos ha servido para entretener la nigua, para mantener el estado de cosas injusto y excluyente. ¡Hasta los Acuerdos de Paz sucumbieron en esa lógica perversa! ¿Tenemos salida? La historia enseña que opciones como la “solución nacional” al estilo de Carlos Arana Osorio (muy parecida a la “solución final” hitleriana), fracasaron. Tampoco hay espacio para un camino polpotiano. Llevar a ese callejón sin salida parece ser el propósito de los mendaces desplantes histéricos de la contra-reforma constitucional, vociferante en el Congreso. No debe caerse en su trampa de confrontación. No hay que dejarse arriar con el petate del muerto.

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