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A las 41 madres en su triste día

NUEVO
Ilustración Guille

I. Guille

El día de las madres, fecha creada para el bullicio y el comercio resulta ahora de muy tristes y dolorosas recordaciones para ustedes que hace apenas 2 meses y 2 días perdieron de manera violenta y posiblemente premeditada a sus hijas. Retiradas de sus hogares por variadas razones por el Estado, obligado a cuidar responsablemente de ellas se las entregaron carbonizadas unas, con mortales quemaduras otras, sin más explicación que por participar en una movilización contra los malos tratos las encerraron y que luego de más de 10 horas de soportar cárcel ilegal, murieron en el fatal incendio. Ustedes no tendrán hoy la esperanza de escucharlas por teléfono como cuando desesperadas trataban de darles aliento para soportar el encierro, mucho menos la alegría que cuando muy niñas les llevaron un simple recuerdo, tal vez elaborado con sus infantiles manos.

Hoy, junto a una taza de café tibio y en la soledad de su dolor les correrán gruesas lágrimas por ellas, preguntándose una y mil veces por qué nuestro país es tan inequitativo, autoritario, salvaje e injusto. Las querían joviales, traviesas, dignas, felices. Las soñaron triunfadoras. Compartieron con ellas momentos de dolor y privaciones, pues ustedes son parte de ese gran conglomerado de la sociedad que nace, vive y muere con poco. Pero en su pobreza querían lo mejor y lo más digno para ellas, y se las devolvieron de la manera más indigna e indignante: asesinadas por quienes deberían haberlas protegido, y sin que los responsables directos e indirectos asuman de manera legal y completa sus culpas.

Hoy es un día de la madre triste, gris, lacrimoso, donde las preguntas de por qué ellas, de por qué no las quisieron salvar les retumbará en las sienes. Y debería serlo así para todos los guatemaltecos, pero de una u otra forma hemos hecho de nuestra sociedad un grupo humano indolente, agresivo, violento, pero sobre todo dirigido por autoridades hipócritas y demagogas a las que irresponsablemente hemos elegido. Si cuando la tragedia todos pusieron rostros compungidos, ahora las autoridades se esfuerzan en salvar a sus amigos detenidos y lograr que el director general de la Policía, ministro de Gobernación y Presidente de la República escapen impunes a las sanciones que les corresponden como los principales responsables.

Ustedes hoy, como desde entonces, se preguntan con lágrimas en los ojos por qué se les detuvo ilegalmente y se les encerró peor que a animales. Por qué se ordenó poner un candado y, sobre todo, se impidió que se retirara no más iniciado el incendio. Sus hijas no merecían el más mínimo rasguño, eran ciudadanas como cualquier otra y, gran contradicción, estaban bajo la protección del Estado. No estaban detenidas, estaban supuestamente protegidas. Pero ese amparo público se convirtió en abuso, en violencia, en crimen. Quienes persiguen delincuentes ven para otro lado y se obstinan en no detener, mucho menos juzgar a quienes pusieron y se negaron a retirar ese cerrojo mortal.

Hoy, cuando la inmensa mayoría de madres reciben flores de sus hijos, ustedes tal vez recogerán una flor en el camino y se las pondrán en sus pobres tumbas, negándose a aceptar que la suerte de sus niñas haya sido de tan triste final. Son pobres, les dirán desde los altavoces de púlpitos y radios, pidiéndoles se conformen con su miseria y oculten su dolor. Los poderosos saben que por serlo no podrán hacer mayor cosa para exigir justicia y resarcimiento. Que no tienen a nadie por ustedes, estando además distantes una de otra pues son de diversos y distintos lugares. Apenas si llegaron a conocerse entre sí, a compartir el dolor en la puerta del supuesto hogar seguro, en el hospital o en la morgue. Son solo ustedes con su dolor, solas con su congoja. Imaginándolas volver sonrientes, deseando que les digan que todo este calvario ha sido solo un mal sueño. Su soledad se agranda porque la supuesta rabia popular ya pasó de largo. Otras crímenes, otras fiestas, otros escándalos entretienen a las muchedumbres ansiosas de novedad, mientras a estos criminales con poder les cubre el portentoso manto de la impunidad. La plaza tiene hoy olor a cementerio, el cielo aunque brillante resulta triste.

No hay hoy nada qué celebrar, las sonrisas de otros rostros resultan incomprensibles. Cuarenta y una madre lloran el asesinato de sus hijas y, si me lo permiten, quiero llorar junto a ustedes.

 

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