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NUEVO

No sé si ya hemos cambiado en esto, pero el Día de la Madre siempre fue el mejor momento para vender ollas, sartenes, estufas y cualquier tipo de utensilio de cocina, de limpieza, de arreglo de la casa. ¡Qué ironía, regalarle más trabajo en su día! Claro que eso tiene que ver con que tantas fechas se han convertido en ejes de mercadeo, y nunca de profundas reflexiones o cambios, o lo que sea. Las ollas para la mamá, en su día, son una especie de burla extraña, de un sinsentido. Además, más allá de este día puntual, existe tanto tiempo para aprovecharlo en demostraciones de respeto, valoración, atención y amor hacia las madres.

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La vida termina siendo muy dura para la inmensa mayoría de madres que han dado vida, y su vida, para que los hijos crezcan y se desarrollen. La ingratitud hacia las madres es inexplicable cuando la vida ha sido su marca, por muchos defectos y errores que cometan en su modelo de crianza.Por supuesto que existen excepciones a la regla en cuanto que tampoco se trata de que toda madre represente los grandes valores y actitudes que se necesitan para construir una sociedad mejor. Por supuesto, que muchas abandonan y olvidan esos valores, en nombre de su “amor” por el hombre con el que viven o del que dependen, o por simples descomposiciones mentales o espirituales. Pero esas excepciones solo refuerzan que la inmensa mayoría de madres aman profundamente a sus hijos e hijas, se dedican a ellos, se han esforzado por darles lo mejor (incluidos las visiones y valores que tienen). Claro que se merecen este y muchos días más para celebrarlas y darles las gracias. Sin embargo, las ollas, los sartenes y las estufas nos deben llevar a una reflexión sobre dos aspectos críticos.

El primero tiene que ver con esa terrible y generalizada negación social del derecho de las madres a ser y sentirse mujeres, de manera plena. La sexualidad, por ejemplo, se convierte en un derecho secundario ante la necesidad de los afectos maternales o la entrega laboriosa a las tareas asignadas socialmente al papel de la madre. Pero también se niega el derecho al ejercicio laboral y profesional, en nombre del tiempo destinado a los hijos, como si no existieran estrategias, posibilidades y soluciones para el justo equilibrio y combinación entre ser madre y ser profesional o trabajadora. Y qué decir del derecho a la participación ciudadana y política; “¡eso sí no!”, se oye cuando una madre pretende dedicar tiempo a ello.

En todas estas situaciones, como otras más, se niega a las madres el derecho a su plenitud, a su diversidad, a su derecho a la opción y la decisión. Condenada, después de dar vida, a dar su vida por la vida de los hijos y determinados valores. El segundo aspecto tiene que ver con aquellas mujeres que optaron por no ser madres. Es inaudito que todavía sea motivo de escándalo la decisión y expresión de una mujer cuando prefiere no tener hijos, por los motivos que sean. ¿Por qué la marca y estigma a una mujer que toma esa decisión? Ni dudar que esto es un signo más del patriarcado que heredamos, pero al cual reforzamos con estas y otras actitudes y comportamientos ante las mujeres.

En ambos casos, la negación de la plenitud y la intolerancia hacia mujeres que no optan por ser madres, el sentido patriarcal y profundamente de irrespeto que la sociedad ha interiorizado, se eleva en fuerza y potencia simbólica cuando la celebración a las madres cae en la superficialidad. Cuando los derechos son sustituidos por ollas.

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