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Durante el último mes hemos presenciado las formas más violentas y abominables para someter las expresiones legítimas de niñas y adolescentes que se manifestaron de manera desesperada ante el régimen de abandono, castigo, prepotencia y trata. La respuesta ante sus exigencias de respeto y cumplimiento de sus derechos más elementales como la vida y la educación fue quemar vivas a 41 y atropellar a 15 con la consecuencia de la muerte de una de ellas.

Las esperanzas de las jóvenes de transformar su situación mediante demostraciones públicas se convirtieron en un claro y monstruoso mensaje de miedo: quienes intenten rebelarse ante la opresión pagarán con sus propias vidas, sin importar género o edad.

“Las relaciones de poder se refuerzan imponiéndose desde la más temprana edad por la vía de la inmovilización de los más dé- biles y mediante el uso de la violencia más cruda”.

En este contexto, mantener el orden público equivale a enviar batallones de policía a someter a niñas y adolescentes frente la negligencia de las instituciones del Estado destinadas a su protección. Los casos en mención muestran la relación que existe entre lo político, las fuerzas represivas y la ideología que sostienen un orden injusto. Las relaciones de poder se refuerzan imponiéndose desde la más temprana edad por la vía de la inmovilización de los más débiles y mediante el uso de la violencia más cruda. El ámbito político e ideológico crea de manera artificiosa esperanzas para luego desvanecerlas en el devenir de las mentiras que se promueven en las falsas democracias. Prometen bienestar para todos, y luego resulta ser el disfraz para la corrupción. Así, las manifestaciones para exigir el cumplimiento de lo que la propia Constitución regula deben eliminarse a toda costa y cubrir la irracionalidad mediante el cinismo y argumentos falsos tales como que es “Lamentable perder la vida por una protesta.

No se justifica el acto violento del piloto, pero también es un alertivo (sic) para quienes toman calles.” Sofocar las expresiones de descontento resulta ser tan básico para los operadores más ingratos del poder, pues la ecuación de la violencia se expresa no sólo de manera física, la fuerza debe ser fundamentalmente simbólica. Esta afirmación confirma que las pretensiones de verdad del dominador no son las mismas para quien sufre la opresión. Por otra parte, el acto premeditado del hijo del pastor evangélico, adulto de 25 años que arrolló a los estudiantes, solo devela la crisis moral de ciertas iglesias evangélicas, las cuales han estado más interesadas en la privatización y aprovechamiento del espacio religioso que en la construcción de la experiencia de la fe sustentada en el pacto de Dios con el individuo, el cual se fortalece en la hermandad y la solidaridad hacia las necesidades del prójimo.

Las acciones de provocar la muerte de otra persona de forma alevosa, evadir la justicia escondiendo el vehículo en un parqueo, tratar de borrar evidencias y luego aparecer manifestando que “Dios es bueno”, solo reflejan una experiencia religiosa que más que hacer prevalecer la vida, la convierte en un ritual de muerte infligiendo el máximo dolor a aquellos que no pueden defenderse y en un mensaje de miedo al castigo más severo para quienes se atreven en la lozanía de su vida a luchar por sus ideales, salir de la pobreza e intentar hacer de esta sociedad algo mejor, siendo ellos mejores personas.

No podemos ser indiferentes ante un sistema que amputa y asesina a las adolescentes quienes quieren cambiar las cosas. No podemos dejar en el olvido a las 42 jóvenes muertas, ellas deben conducir nuestro nuevo horizonte.

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