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La ciudadanía desde el optimismo

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La ciudadanía es el ejercicio participativo y consciente de todos los derechos que la estructura jurídica y política nos permite. No se reduce a esa condición que logramos cuando cumplimos 18 ni al ejercicio ciudadano de cada cuatro años, cuando nos acudimos a las urnas electorales.

La ciudadanía es participación en las cosas de nuestra realidad, pero ello implica un esfuerzo por entender y comprender los factores que constituyen el entorno en que vivimos. Esta necesidad de comprender, analizar, discutir y debatir sobre la realidad puede estar marcada por el pesimismo o por el optimismo. Y ello va a incidir en el tipo de participación y de compromiso que asumamos frente a lo que ocurre en nuestro país. Es decir, va a marcar el ejercicio ciudadano.

Desde la ciudadanía del pesimismo, no vale la pena actuar en nada porque las cosas están tan mal que no van a poder cambiarse. El lado oscuro del futuro aparece con una fuerza tan grande que impide ver las luces de esperanza que movilizan. Esta ciudadanía es la que deja enormes espacios vacíos de participación que son ocupados, ni siquiera por los optimistas, sino por los oportunistas de la política, los que viven del pesimismo de tantos. El pesimismo no cree que lo que se haga y construya hoy, con las luchas que sean necesarias, va a transformar estructuras, sistemas, creencias y actitudes. Esta ciudadanía cumple con sus obligaciones (como votar), pero no se compromete más allá de lo que esas obligaciones le demanden.

Por el otro lado, está la ciudadanía del optimismo, esa en la que se lucha, se moviliza, se discute, se analiza y comprende para transformar la realidad. Esto ocurre desde la sólida convicción de que las cosas no solo deben cambiar, sino que pueden cambiar. El optimismo permite sentir, creer y hasta visualizar el futuro, por eso ayuda a crear sentimientos y deseos de movilización, de esfuerzo, de lucha, aunque sus resultados no sean visibles a la vuelta de la esquina.

El optimismo nos impulsa a tratar de hacer cosas, de participar activamente, más allá de la simple visita a las urnas electorales. Pero claro, esta ciudadanía del optimismo se ve detenida por las paredes del sistema político tradicional, por los obstáculos que los poderes colocan, por la inercia de la mayoría, por el pesimismo que reina y domina. Y ahí es donde se mide la fuerza del optimismo, porque en los reales y permanentes obstáculos que se encuentran en la realidad, el optimismo puede convertirse en indiferencia y luego en pesimismo. Al optimista que cree que su participación puede ayudar a cambiar el mundo, le caen mil cínicos y pesimistas que le debilitan o le intentan cambiar o, simplemente, las estructuras, leyes y actitudes políticas se lo consumen.

Por eso, una profunda ciudadanía desde el optimismo, es realista. Implica estudio, comprensión profunda de la historia y la realidad multifactorial en que vive. La ciudadana o el ciudadano desde el optimismo no se lanza a “lo loco” en las dinámicas de participación, ni cree en todo (mucho menos en cualquier discurso político que lo intenta convencer). Cree que las cosas pueden cambiar, pero mediante los procesos continuos, permanentes y de largo plazo que realizan colectivos humanos desde la ética, la dignidad y la auténtica solidaridad.

La ciudadanía desde el optimismo es la que necesitamos aquí, porque parece ser que creer en que nada va a cambiar, no solo deja las cosas como están, sino que deja a los mismos donde están.

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