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El teatro de guerra en Siria

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El 7 de abril, EE. UU. lanzó 59 misiles contra Siria, un país soberano, sin autorización legislativa, en una acción al margen de la ONU, que podría ser el preludio de la Tercera Guerra Mundial, o un viraje estratégico. Haciendo eco a la OTAN, las empresas mediáticas presentaron la agresión como una justa retaliación de EE. UU. contra el gobierno sirio, acusado de atacar con armas químicas un sector de la ciudad de Khan Sheikhoun, provocando 80 muertos, pero nadie presentó evidencia alguna.

El gobierno del presidente Bachar al-Assad aclaró que atacó un reducto rebelde, donde había armas químicas y una fábrica de armamento, lo que provocó los decesos, pero su versión casi no tuvo difusión. Por ello, ha demandado que se efectúe una investigación internacional independiente, y se deduzcan responsabilidades. El embajador de Suecia ante la ONU, Olof Skoog, dijo el viernes que el ataque de EE. UU. contra una base aérea en Siria “plantea cuestionamientos de compatibilidad con la ley internacional”. El Parlamento Egipcio también repudió el ataque de EE. UU., calificándolo de “peligroso y ‘precipitado”. Por su parte, Rusia exhortó a Estados Unidos a “desistir inmediatamente de su agresión”, se sume a los esfuerzos por la paz en Siria y “colabore en la lucha contra la amenaza terrorista”. En esta guerra, se confrontan EE. UU., Francia, Gran Bretaña, Turquía, Arabia Saudita, Jordania, Irak, Qatar y Egipto, contra Siria, Rusia e Irán, cobrándose la vida de más de 400 mil personas, desencadenado una crisis humanitaria con consecuencias nefastas en todos los países de la región y en Europa.

En este infierno bélico, el Daesh se ha destacado por su crueldad sin límites, convirtiéndose en una amenaza terrorista mundial, existiendo cientos de evidencias que demuestran que fue formado, armado y financiado por EE. UU. Bachar al-Assad fue reelecto en 2004 y, con el apoyo ruso, ha recuperado el control de casi todo el territorio sirio, logrando acuerdos políticos con la mayoría de grupos opositores, que no están plegados al Daesh. En 2014, el Gobierno sirio entregó todo su arsenal químico a la Organización para la Prohibición de Armas Químicas (OPAQ), conformada por 192 países, para su destrucción total. Lo más interesante de este “teatro de guerra” es el golpe de timón que el gobierno de Trump ha dado en relación con la guerra en Siria.

A principios de abril, la embajadora de EE. UU. ante el Consejo de Seguridad de la ONU, Nikki Haley, anunció que el derrocamiento del presidente Assad ha dejado de ser “la prioridad” de Washington, agregando con toda claridad que solo el pueblo sirio puede escoger a su presidente, palabras que de inmediato confirmó el Secretario de Estado, Rex Tillerson, dejando estupefactos a los aliados atlantistas, cuyas protestas fueron profusas. En ese complicado escenario, parece que los nuevos líderes militares de EE. UU. idearon una acción militar diversionista, para calmar a la OTAN.

Los misiles estadounidenses lanzados el 7 de abril evadieron las defensas antiaéreas sirias y rusas, consideradas las mejores del mundo, impactando en una base militar que acababa de ser evacuada y se hallaba prácticamente vacía. Destruyeron infraestructura y algunos aviones fuera de servicio, cobrándose nueve vidas, las usuales “víctimas colaterales”. Hay evidencias que sirios y rusos sabían de antemano del ataque de misiles, desactivaron sus defensas antiaéreas y desocuparon la base militar, siguiendo la actuación de un libreto escrito por Trump y Putin, cuyo final es de pronóstico reservado.

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