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La Universidad de cara al siglo XXI

NUEVO

“Para que la Universidad sea el lugar en que se ofrece “la más clara conciencia de la  sociedad”,  ha dicho el maestro José Medina Echeverría, “tiene también que ser el lugar que representa la serenidad frente al frenesí en la consideración de las más espinosas y graves cuestiones de la época. Lo que quiere decir que nada de su tiempo puede serle ajeno, pero sólo en la medida en que pueda situarlo a la distancia que exige su busca permanente”. Significa que ante los retos del siglo XXI, que se manifiestan en las necesidades del desarrollo, las universidades asumen el papel central de proveer la llama de la creatividad.

Bajo este paraguas conceptual, habrá también que considerar como señala el filósofo nicaragüense Alejandro Serrano Caldera, en su trabajo Los Desafíos de la Universidad Contemporánea, al afirmar que “la universidad será siempre una propuesta inacabada, continua y permanente, como lo es también la vida y la historia, la ciencia y la técnica, la cultura y las humanidades. Lo importante es estar siempre alertas ante las transformaciones que cotidianamente están definiendo el perfil del mundo que habitamos y de la sociedad específica en que vivimos. Saber distinguir lo permanente de lo transitorio, para decidir con acierto lo que debe conservarse y lo que debe transformarse, es fundamental, pero sobre todo lo es el ser capaz de identificar lo que sólo puede conservarse y transformarse” (pág. 87). Paralelo a estas preocupaciones, habrá que agregar entre muchas  más, las demandas de la sociedad y particularmente de jóvenes de una  amplia y diversa apertura en lo que se refiere a nuevas ofertas profesionales con perfiles pertinentes a las demandas del nuevo mapa del mercado laboral, de acuerdo al dominio de  competencias sociales, cívicas y valores culturales, científico-tecnológicas, comprensión de lectura y dominio de otros idiomas, aprender a aprender, comprender, entender, comunicar e interpretar, capacidad lógica-matemática y competencia digital, así como alcanzar la competencia de saber hacer. Lo que se traduce en el diseño de una estrategia pedagógica que marque el camino de la Universidad hacia la “sociedad del aprendizaje”.  

Este juego dialéctico entre lo que esperamos de la Universidad y lo que es, está hoy situado  en un nuevo estadio calificado por los teóricos como “la sociedad del conocimiento”, que se traduce en el paso de una sociedad fundada sobre la producción de bienes materiales, a una en donde fluye la información y predomina el tratamiento, almacenamiento, intercambio de nuevos conocimientos.

Los centros de educación superior, en su calidad de principal Institución de transmisión y creación de conocimientos, se sitúan en una de las primeras organizaciones que experimentan efectos de fondo de esta ola. Lo que induce a una transformación radical del quehacer universitario.  Los posibles escenarios de la universidad del futuro, de acuerdo a Ginkel, tendrían dos posibilidades. Una referida a una combinación de aumento de escala y de contracción de los procesos sociales y la consolidación de una sociedad fundada sobre el conocimiento. La primera de estas características, se refiere a la globalización y todas sus implicaciones en el ámbito de la economía, la cultura y la educación, conducente a una mayor homogenización de la diversidad. Y la segunda, se manifiesta a través de indicadores como el crecimiento del conocimiento (se duplica cada cinco años), la vida útil de los mismos (seis años y medio) y el aumento constante de la media del nivel de educación.

De acuerdo a lo señalado por el autor, los cambios previsibles para el siglo XXI, tendrían las siguientes características: la función primordial de la Universidad seria sintetizar, gestionar y dirigir el flujo de conocimientos; emergería un nuevo concepto de educación cuyo contenido sería más general y el aprendizaje se efectuaría durante toda la vida. Sin embargo, dice Ginkel, la Universidad siempre dispondría de un espacio físico determinado con el fin de permitir la reunión e intercambio cara a cara de todos sus miembros.

Leopoldo Zea, filósofo mexicano señala acertadamente  que “la Universidad, tendría que ser expresión de la sociedad en la creación de un futuro común a los diversos miembros que la forman. La Universidad, en este sentido, deberá ser permanente proyección de futuro. Un futuro que se hará expreso en la múltiple orientación de sus maestros, investigadores y alumnos, los primeros para dotar a los alumnos de los conocimientos que posibilitasen el futuro; los investigadores dotando a los maestros y alumnos del diverso material que habría de ser utilizado en este empeño” (pág. 187). El escenario que dibuja Zea tienen  sentido, en cuanto que las relaciones de la Universidad con la sociedad, el sector productivo, la sociedad civil y el Estado, son complejas porque las mismas deberán de pasar por el tramado de una adecuada percepción de esta realidad, para que se convierta en su propia razón de ser. Nos parece que el punto ideal, debería de consistir en vincular las estrategias universitarias con un plan de desarrollo nacional, en donde se valore el proyecto de nación democrática, incluyente, educada, con niveles aceptables de seguridad ciudadana y un crecimiento económico con equidad.

Hans-Albert Steger  ha formulado lúcidamente en Las universidades en el desarrollo social de la América Latina,  que “la función de la Universidad latinoamericana, concebida ésta como “conciencia de la sociedad” en su devenir histórico, tiene como objetivo la conformación adecuada del desarrollo social de los países del subcontinente. La formación científica aparece como un imperativo con necesidad de vinculación a una práctica efectiva que a su vez busque modificar positivamente la realidad”. A su vez, Darcy Ribeiro sostuvo que la problemática de la Universidad como agente de transformación de la sociedad se hace evidente, al presentarse una situación en la cual sociedad y Universidad divergen y andan a distinto compás.    

Esta manera de concebir la relación  Universidad, sociedad y Estado, es mucho más dramático en países como  Guatemala en donde carecemos de  un plan de desarrollo nacional que dicte las grandes orientaciones para avanzar de manera adecuada, coherente y en atención de la vida ciudadana. Esta es una de las razones por las cuales se complica el trabajo de la Universidad y sus relaciones con su entorno. Lo que adviene, es una desarticulación con el Estado y sector empresarial. ¿Cuál es entonces el camino que se debe escoger? ¿Bajo qué parámetros puede la Universidad dibujar sus estrategias pedagógicas y sociales? ¿Quién sustenta el pensamiento de la Universidad como centro de cultura superior? ¿A quién puede interesar que la Universidad rinda cuentas a la sociedad? ¿Quién mide la calidad de la Universidad? ¿Qué tipo de Universidad deberíamos pensar hacia el futuro cercano en el marco de la “sociedad del aprendizaje”? ¿Cuál es el tipo ideal de ser humano que se quiere formar? ¿A quién le interesa la Universidad?

La Universidad, en la segunda década del siglo XXI, se enfrenta a múltiples desafíos, entre los que  destacan el desafío de la democratización, el desafío social de los que demandan estudios superiores, el desafío tecnológico para promover nuevas estrategias de desarrollo socioeconómico, el desafío de la innovación tecnológica y su impronta en los nuevos procesos de aprendizaje, el desafío de romper con los esquemas tradicionales de la gestión académico-burocrática, el desafío de ofrecer a través de la investigación nuevos conocimientos y el desafío de asumir el paradigma de “la sociedad del aprendizaje”. En la actual coyuntura de Guatemala marcado por los procesos irreversibles de la globalización y de mutaciones profundas a nivel mundial, a la Universidad le corresponde una función ineludible por su capacidad investigadora, docente y difusora de los nuevos avances y saberes, así como no debe dejar de preguntarse sobre cómo y al servicio de qué fines se utilizan.  Bajo esta línea de ideas, la posición  en el lll Encuentro Internacional que   se adoptó  el año de 2014, en el documento Claves estratégicas y propuestas para las universidades iberoamericanos,  de acuerdo al Informe de Educación Superior en Iberoamérica,  planteada por los rectores reunidos en esa fecha “que las universidades viven un período de grandes transformaciones, marcadas –entre otras tendencias- por las siguientes: la ampliación, diversificación y renovación de la demanda de enseñanzas, cualificaciones y modelos educativos; el aumento y la diferenciación de la oferta educativa y de la educación transnacional; la creciente e imparable internacionalización; la consolidación de nuevos esquemas de competencia y cooperación universitaria; la necesidad de una gestión eficiente de la generación, la transmisión y la transferencia del conocimiento al servicio del desarrollo y la cohesión social; la irrupción de los componentes educativos digitales; y la transformación de los esquemas de financiación y organización” (pág. 28).

Asimismo,  se deben de tomar en cuenta para una época como la actual, las palabras de Ernest Boyer, en el libro Una propuesta para la educación superior del futuro, quien al preguntarse acerca de la misión de la Universidad, hace esta reflexión: “Nuestro mundo ha sufrido transformaciones inmensas. Se ha convertido en un lugar menos estable y más hacinado. La comunidad humana se hace cada vez más interdependiente y la educación superior debe centrarse con urgencia especial en cuestiones que afectan profundamente el destino de todos: ¿cómo se puede sostener la calidad del medio ambiente? ¿Debe ampliarse o reducirse el uso de la energía nuclear? ¿Puede asegurarse un abastecimiento adecuado de alimento y agua? ¿Cómo pueden distribuirse nuestros limitados recursos naturales para satisfacer las enormes necesidades sociales? ¿Qué nuevas estructuras en el orden mundial deberán edificarse para poder enfrentarse a los desafíos de la época posterior a la guerra fría?”.

Con el propósito de contextualizar el planteamiento de fondo hacia una reforma y modernización de la Universidad de San Carlos de Guatemala, habrá que tomar en cuenta para  comprender de una mejor manera  este proceso de renovación universitaria,   el planteamiento expresado por Axel Didriksson en una de sus ponencias recogida en  La educación superior en el mundo: nuevos retos y roles emergentes para el desarrollo humano y social lo cual puede ser considerado como  marco conceptual para las acciones que se deben tomar en el proceso de transformación de la Universidad: “El gran desafío de las Universidades de América Latina y el Caribe está concentrado en la redefinición de su cobertura social, en alcanzar una mayor equidad, en abatir los rezagos profundos que existen, relacionando estas iniciativas con la reforma y el cambio radical en la oferta de sus contenidos, de sus planes de estudios, de sus carreras, en el modo de hacer la ciencia, en las perspectivas de su quehacer tecnológico y de sus nichos fundamentales, en las prioridades de la orientación de sus recursos y en la pertinencia de su educación, relacionada  con su propia realidad estrujada, irremediablemente desigual y excluyente” (pág. 284). Esta manera de entender el papel de las universidades, es una explicación de lo que en el año de 2005, fue señalado por la Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno celebrada en Salamanca, tal y como lo reproduce José Joaquin Brunner: “Avanzar en la creación de un Espacio Iberoamericano del Conocimiento, orientado a la necesaria transformación de la educación superior, y articulado en torno a la investigación, el desarrollo y la innovación, condición necesaria para incrementar la productividad brindando mejor calidad y accesibilidad a los bienes y servicios para nuestros pueblos así como la competitividad internacional en nuestra región” (pág. 18).

Asimismo, resulta pertinente adoptar lo que señala el Informe de Educación Superior en Iberoamérica 2016 en torno a redimensionar sus funciones bajo la consideración de adaptarse a los nuevos entornos en los que sobresale, según este informe, la “intensa masificación”. Esta nueva realidad y las exigencias tan complejas de los diferentes sectores de la sociedad, hace que la Universidad debe adoptar principalmente en la docencia y sus estrategias pedagógicas “la introducción de nuevas tecnologías de información y comunicación (TIC), una permanente renovación y ensanchamiento de la plataforma de conocimientos en todas las disciplinas; exigencias crecientes a las que ahora se encuentran sujetos los docentes  en orden a prestar y demostrar un servicio de mayor calidad y a rendir cuenta a sus instituciones y a la comunidad; presión proveniente de los sistemas de aseguramiento de la calidad que impulsan hacia una mejora continua de las calificaciones académicas y un constante escrutinio ejercido por los administradores y las autoridades de las instituciones  de su desempeño, todo esto en un contexto de limitados y, a veces, declinantes, recursos” (pág. 137). Efectivamente, en una sociedad en la cual la informatización es un eje central, resulta necesario el impulso de la formación de un capital humano, capaz no sólo de asimilar y adaptarse a esta impronta, sino que aspire a alcanzar niveles de inventiva, creatividad y un cúmulo de conocimientos con mentalidad de cambio, que relance a la Universidad como organización educativa,  a la  “sociedad del aprendizaje”.

En este contexto de ideas, coloco para una mejor comprensión de la afirmación del nuevo paradigma educativo de “la sociedad del aprendizaje”, los escritos de la educadora española, Amparo Calatayud, en La escuela del futuro, quien aborda una serie de temas en el ámbito de “la era postmoderna en las escuelas”, particularmente al análisis de la sociedad que está en continuo cambio. Hace acopio de las propuestas de la profesora Cantón, que al caracterizar los rasgos futuros de la educación, indica, entre otros que “una sociedad   en la que se preciará el trabajo como capacidad de crear conocimiento y no como horas trabajadas. Siendo lo más valorado en este contexto; la creatividad, el aprendizaje, la cooperación, etc. Sociedad en la que cobra un sentido especial el concepto de capital intelectual, entendido como la capacidad de generar nuevo conocimiento en cualquier ámbito del saber. O sea, indica, lo que añadiría valor a una persona es su capacidad para introducir una mejora en el producto o en el servicio, su capacidad de aprender de las innovaciones de otros, y su capacidad de adaptación a situaciones imprevisibles” (pág. 138)

En el fondo, se trata de avanzar, según lo señalan autores como Canclini, que “el mundo intelectual, profundamente transformado en los últimos tiempos, debe recuperar la capacidad de plantearse los grandes temas de la sociedad latinoamericana, lo que no puede hacerse sin una revitalización de sus instituciones, principalmente académicas y su conexión con el mundo mediático y de los otros actores sociales” (Pág. 254). La Universidad como centro de educativo es una organización que por su propia naturaleza, el aprendizaje de los estudiantes que aspiran a convertirse en profesionales, es uno de los ejes centrales de su quehacer. Sin embargo, para encarar el futuro que cada vez es más presente, debe ser una institución que aprenda ella misma de su experiencia, de sus aciertos, de sus errores y de las improntas externas en torno al desarrollo económico, político, tecnológico, cultural  y social, para convertirse en una “organización inteligente” capaz de  transformarse a sí misma y a su vez, sea un referente  de apoyo para la sociedad. En tanto alcance esa capacidad de aprender, incidirá en su papel de innovadora de los saberes.  

Tal y como lo cita Catalayud referido a los aportes de Senge en su libro La quinta disciplina. El arte y la práctica de la organización abierta al aprendizaje, “para entender este movimiento que presenta  premisa básica la idea de que una organización necesita para actuar como un organismo vivo, capaz de aprender, de adaptarse a nuevas condiciones y de cambiar más que de mantenerse en sus propias rutinas e inercias” (pág. 150). Significa, de acuerdo a Senge, que “una organización que aprende, es una organización en la que las personas, a todos los niveles, están colectivamente, mejorando su capacidad de crear las cosas que realmente quieren crear” (pág. 153). Lo cual se traduce en el sentido que la Universidad en el marco del nuevo paradigma educativo de la “sociedad del aprendizaje”, debería ser una institución en la que prime la innovación y su capacidad de aprender con el propósito de abrir el camino para romper las fronteras del conocimiento, porque ésta con toda la diversidad de recursos de la academia, debe responder a las nuevas realidades y redefinir su propia misión e idea de Universidad. Se necesita afirman Meritwell Estabanell Minguel y Josefina Ferrés Font, en Internet, los espacios virtuales y la educación a distancia, un nuevo modelo, centrado en el aprendizaje más que en la enseñanza, en el alumno más que en el profesor, capaz de ayudar a las personas a conseguir sus propios objetivos, sus propias metas” (pág.326).  

Bibliografía:

  1. Garretón Manuel Antonio (Néstor García Canclini y otros): El Espacio Cultural Latinoamericano, Fondo de Cultura Económica, 2003, Impreso en Chile
  2. Catalayud M. Amparo, La Escuela del Futuro, Editorial CCS, Madrid 2008.
  3. Boyer Ernest L. Una propuesta para la educación superior, Fondo de Cultura Económica, Méxio, 2003.
  4. Educación Superior en Iberoamérica, Informe 2016, UNIVERSIA, Chile 2016.
  5. Meritwel Estebanell Minguell, Josefina Ferrés Font, Internet, los espacios virtuales y la educación a distancia, publicado en Educar en la sociedad de la información, Editorial Desclées de Brouwer S.A. 2001, Bilbao, España.
  6. Ribeiro Darcy, La cultura latinoamericana, Universidad Nacional Autónoma de México, 1978
  7. Didriksson Axel, El rol de la educación superior   para el desarrollo humano y social en América Latina y el Caribe, Global University Network for innovation, España 2008.
  8. Zea Leopoldo, La Universidad aquí y ahora, Universidad Nacional Autónoma de México, 1978.
  9. Serrano Caldera Alejandro, Los Desafíos de la Universidad Contemporánea, Publicado en Revista Praxis, Universidad Nacional, Costa Rica, 2005.
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