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No de todas las situaciones que estamos viviendo tenemos la culpa de haber llegado a ellas, pero sí tenemos la responsabilidad de saberlas manejar. Si somos extremadamente detallistas nos daremos cuenta de que son muchas situaciones que no hemos sido nosotros los causantes de ellas; somos simplemente parte involucrada de decisiones de otros o circunstancias ajenas, pero que en definitiva siguen demandando que seamos responsables al respecto. Pero qué es responsabilidad. Diremos, para fines prácticos, que responsabilidad es la habilidad para encontrar la respuesta correcta.

El cambio requiere que, como individuos, desarrollemos la habilidad para encontrar la respuesta correcta ante lo que la situación requiere de nosotros. Daniel Goleman tal vez no fue el primero en darse cuenta de esto, pero sí quien logró popularizar el principio de la gestión emocional como factor determinante del éxito en una persona. A través de diferentes estudios realizados de manera científica, Goleman concluyó que el 85% de las decisiones que una persona toma se ven influenciadas y determinadas por las emociones. Solamente el 15% de lo que hacemos, indica Goleman, tiene que ver con aspectos de juicio racional.

Las emociones juegan un papel preponderante en la vida del individuo. Somos emocionales, y por insensibles que nos consideremos las emociones afectan nuestro comportamiento de manera predominante. El cambio conlleva un proceso emocional. Dependiendo del involucramiento que tengamos en determinadas situaciones, los cambios que experimentemos en ellas se convierten en un cruce de emociones, tal cual fuera una carretera en la que convergen para agolparse y generar en nuestro interior sensaciones que incluso podemos llegar a considerar imposibles de saber manejar.

El cambio conlleva un proceso emocional. Perdón que sea repetitivo con esta expresión, pero nuestra parte racional puede empecinarse por momentos a desligar lo que experimentamos de lo que sentimos y busca generar razones y juicios adecuados que no hacen otra cosa sino generar mayor confusión interna. El cambio conlleva un proceso emocional, y por lo tanto, debemos ser sinceros con nosotros mismos y reconocer cuáles son las emociones que son provocadas por la alteración de nuestro entorno. Corriendo el riesgo de desesperar, recalco: el cambio conlleva un proceso emocional. En este orden de ideas, entonces, se hace necesario, para poder iniciar el proceso de gestión emocional un reconocimiento, aceptación y expresión de la emoción que el cambio provoca en nosotros.

Cada cambio que viene a nuestra vida provoca emociones; es más, podríamos incluso llegar a decir que son aquellas situaciones que provocan una variación emocional las que en realidad nosotros consideramos como “cambio”.

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