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NUEVO

Lo que estamos viviendo en Guatemala es una crisis de transición. Desde que se aprobara la Constitución de la República, hace 32 años, se necesitaba una sacudida como la presente, donde como es natural, se dan acontecimientos a los que no estamos acostumbrados. La corrupción es un fenómeno que, aunque no es nuevo, se ha extendido como un cáncer a toda la sociedad, especialmente en las estructuras políticas e institucionales, frente a la cual, la justicia, fue hasta hoy una especie de telaraña: capturaba moscas pero no elefantes.

El Ministerio Público nunca funcionó independiente ni imparcialmente en su combate al crimen y la corrupción. Siempre fue una extensión de los poderes ocultos. De las fuerzas oscuras. Guatemala siempre fue el reino de la impunidad, el paraíso perfecto para cometer un crimen. También el lugar ideal para que políticos y funcionarios sin escrúpulos se enriquecieran ilícitamente, mientras los gobiernos se quedaban sin recursos para los hospitales, las carreteras y las escuelas. Sin inversión para el desarrollo, la migración a Estados Unidos ha sido siempre el escape del pobrerío.

“Es fundamental que todos los guatemaltecos abandonen las posturas intransigentes, dejando atrás los estereotipos del enfrentamiento armado.”

La propuesta de reforma constitucional para buscar el fortalecimiento de la justicia, más las capturas de ex funcionarios y diputados, alarmaron a esa clase de gente acostumbrada a ver el país con ley y orden para todo el mundo, menos para ellos. Y cabalmente, pegan gritos y se rebelan. Por eso, las instituciones dedicadas a esa labor son atacadas, con muchas excusas, a veces razones justificadas, pero sin suficiente peso frente a la importancia crucial de la lucha que están librando. Reclaman soberanía cuando una o varias naciones se colocan del lado de la justicia, para buscar que Guatemala sea un país normal, pero si estuvieran del lado de ellos la aplaudirían.

Tenemos que alcanzar un entendimiento. Lo importante es, ojala así fuera, que las contradicciones tuvieran un lugar común. A pesar de las diferencias no buscar como objetivo favorecer los intereses de unos pocos. Que por defender a una minoría nos perdamos en el bosque. Fortalecer la democracia vale la pena. Toda la sociedad en su conjunto debe tener en la mira avanzar, no retroceder en los tímidos logros que está alcanzando la lucha contra la impunidad y la corrupción. Muchos creen que las capturas dañan al país. Lo contrario. Si el país no se limpia de las mentes malévolas que tienen casi capturado e inmovilizado al Estado seguiremos siendo una vergüenza en el concierto de naciones. Según un informe de Naciones Unidas solo estamos por encima de Haití en indicadores sociales.

Por supuesto, con corrupción e impunidad nunca saldremos adelante. Es fundamental que todos los guatemaltecos abandonen las posturas intransigentes, dejando atrás los estereotipos del enfrentamiento armado. Los críticos del sistema y ahora quienes luchan contra la corrupción y la impunidad, son calificados de lo peor, como si los perseguidos de delitos fueran tan vírgenes que merecieran ser canonizados.

La ley es dura, pero es la ley.

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