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Maras o pandillas, indistintamente cómo se les quiera llamar es son una realidad.  Se puede negar, se puede esconder, se puede minimizar, pero al final de día la realidad de las maras seguirá estando allí. El problema se dejó crecer sin atenderse.  Incluso, los síntomas más graves pasaron desapercibidos.  Cuando las cabezas decapitadas fueran dejadas en diferentes edificios públicos de ciudad de Guatemala, las maras no fueron las primeras señaladas.

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Por el impacto mediático de los Zetas la atención se puso en el narcotráfico pero, fueron las padillas.  Las formas de violencia escalaron pasando por el desmembramiento de mujeres,  homicidio simultáneo de varios pilotos de autobús, y la extorsión se extendió mucho más  allá de los negocios familiares en zonas rojas.  Viviendas enteras tuvieron que ser abandonadas porque las maras simplemente querían apoderarse de los inmuebles.   El control territorial de las pandillas se extendió tanto fuera como dentro.

Las maras tomaron además el control prácticamente completa de cárceles incluso al punto de poder incidir en el nombramiento de directores de cárceles. Ese control se ha trasladó (por mal error del diseño y dejadez institucional) a los correccionales de menores.  Esta cadena de tragedias concluye con 11 ataques simultáneos en cuestión de horas a las fuerzas de seguridad.    El Estado dejó crecer una pequeña pelotita y ahora es un señor tumor.

¿Qué son las maras?  Son Estados Paralelos en su mejor expresión.  Estamos hablando específicamente de estructuras organizacionales que superan una membresía de cien mil personas.  Estamos hablando de estructuras organizacionales que si bien no son precisamente piramidales ni tan verticales, aún así se manejan de formas increíblemente disciplinadas.  Estamos hablando de estructuras organizacionales que controlan territorios, que los delimitan, que los protegen, que sancionan, imponen roles, status, funciones, extraen recursos de forma violencia ( extorsión) y sancionan la ruptura de las reglas con la muerte.

Prácticamente realizan funciones que son equiparables al Estado, no digamos que encima de todo tienen la capacidad para otorgarle a cientos de niños abandonados por el sistema un espacio donde pueden llegar a sentir útiles y reconocidos.   Por estas y otras tantas razones, el tema sobre cómo abordar la problemática de las maras le ha roto la cabeza a más de algún ministro de gobernación.  Precisamente por su complejidad es que más de algún ministro de gobernación habrá caído en la tentación de la ejecución extrajudicial.   La desesperación y la frustración son terribles consejeras.

El Salvador y Guatemala han vivido ambas la pesadilla de las maras.  Han experimentado cantidad de soluciones.  Quizá los salvadoreños han experimentado incluso recetas  prácticamente bi-polares,  primero la mano dura y luego incluso la tregua entre el Estado y las maras.  La violencia  hoy en el Salvador es peor que durante la época del conflicto armado.  Guatemala intentó en su momento la receta de las ejecuciones extrajudiciales.

Sigue siendo una opción popular.  Pero lo que con poca capacidad se nota es que cuando el Estado le declara la guerra a las maras (o cualquier estructura de crimen organizado) el Estado mismo es quien pierde.  El crimen organizado puede dañar al Estado donde más le duele: la pérdida de vidas inocentes.  A las maras, honestamente la guerra con el Estado y la pena de muerte les tiene sin cuidado. Los ´hommies´ están perfectamente conscientes que ´la vida loca´ termina en la tumba o en la cárcel.

¿Qué hacer? No hay en realidad recetas para eliminar este problema.  Quizá si sea posible mantenerlo encapsulado pero a esta altura del partido la preocupación vino muy tarde.

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