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Protección de la niñez y la adolescencia: El discurso y la realidad

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Por: Fernando A. Marín

La tragedia ocurrida el pasado 8 de marzo en el Hogar Seguro Virgen de la Asunción nos ha hecho hablar de nuestro futuro, los niños, niñas y adolescentes, que representan aproximadamente la mitad de la población en Guatemala. En un país que tiene tantos problemas por resolver es difícil prestar atención a una sola cosa, una realidad compleja y demandante que absorbe esfuerzos. Sin embargo, la poca visión de país ha dejado como consecuencia que no invirtamos en el futuro, en nuestro activo más importante para el desarrollo. Innumerables instrumentos normativos que pasan por la Constitución Política de la República, la Declaración de los derechos del niño, la Convención sobre los derechos del niño, la Ley de protección integral a la niñez y la adolescencia y la Ley de adopciones, por nombrar algunas, guardan en común un mandato, buscar el interés superior del niño, que consiste en buscar la protección y desarrollo del niño, niña y adolescente.

Este desarrollo únicamente se logra si se alcanza que crezcan en un ambiente de felicidad, amor y comprensión. La Declaración, relacionada, apunta que los niños, niñas y adolescentes, por su falta de madurez física y mental, necesita protección y cuidado especiales, así como debida protección legal. Para ello se debe asumir una responsabilidad comunitaria de cuidar a aquellos que están en condición de vulnerabilidad. El Estado de Guatemala ha asumido la responsabilidad de garantizar que los padres, o quien esté responsable de ellos, puedan cumplir con la obligación de respetar la vida, libertad, seguridad, paz, integridad personal, salud, alimentación, educación, cultura, deporte, recreación y convivencia familiar y comunitaria de los niños, niñas y adolescentes. Es por ello que sus derechos tienen un carácter tutelar. Ese es el reto, que estos derechos se materialicen.

El discurso es esperanzador, derechos reconocidos y obligaciones del Estado puestas en lujosos pergaminos que llamamos leyes, que contrastan con una realidad de novela de ficción. La distancia que existe entre uno y otro es lo preocupante. Nuestros niños y adolescentes siguen siendo un blanco de malos tratos físicos y emocionales, el abuso sexual, el descuido y la explotación comercial. Los índices de violencia sexual y embarazos en niñas son espeluznantes. La violencia en el ámbito escolar cada vez trae reacciones más terribles de parte de aquellos niños, niñas y adolescentes que se sienten impotentes. Sin dejar de lado a que aún persiste el trabajo infantil.

Lástima que tengamos que ser siempre reactivos y no preventivos, lástima que esperamos hasta que colapse para actuar. Este es un llamado a la reflexión, para que abramos los ojos y aportemos. Un trabajo organizado puede mejorar sustancialmente la situación de cumplimiento y goce de los derechos humanos que asisten a los niños, niñas y adolescentes, porque ellos son nuestro futuro y Guatemala merece un mejor futuro.

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