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En medio de la bulla mediática, continuidad natural en nuestro país de una tragedia previsible y prevista, en la que murió quemada una cuarentena de jóvenes mujeres, fue difundida una noticia. Triste, vergonzosa, deprimente, capaz de eclipsar el abatimiento por el siniestro que ha sido tema nacional de la última semana. Ángel Julajuj, desde Sololá informó para un diario, en efecto, que una recién nacida había sido localizada muerta en un barranco de Santa Catarina Ixtahuacán, en el departamento del lago más hermoso del mundo.

Según el reporte, agentes de la PNC habían comprobado que la bebé fue rechazada por su progenitora y a causa de esto, había sido estrangulada hasta morir. En medio de la mediocridad del debate de nuestros asuntos colectivos, no puede uno dejar de pensar en cuál sería el castigo ancestral para la responsable de un asesinato de esta índole.

Pero vayamos despacio. Hechos deplorables como este, ¿solo ocurren en Guatemala? ¡Por supuesto que no! Allá donde haya vida, podrán producirse hechos que de alguna forma son connaturales al ser humano. Lo que sí es nuestro, intransferible, por lo tanto, inalienable, es que somos únicos en dormir con los mismos problemas por siglos y que cuando hacen crisis, gritamos, protestamos, exigimos… y pasado el furor del momento no hacemos nada, para que todo siga igual. O peor, si por acaso traspasamos insólitamente la frontera de la acción y ponemos manos a la obra con soluciones ruidosamente peores que el problema que quisimos solucionar.

El drama de la bebé asesinada, por estremecedor que sea, si consigue una gran difusión, alimentaría el fuego de la indignación popular. Al igual que el incendio de la semana pasada. Total, en tanto haya una fatalidad como la del irónico Hogar Seguro, pronosticable resultan los golpes de pecho, las preocupaciones fugaces, los ropajes desgarrados, los protagonismos cínicos e hipócritas aullidos de dolor.

Es difícil discernir qué es peor: si la ignorancia o la infamia, si la corrupción o la estupidez. Pero en tanto decidimos habrá que insistir. Es urgente formular una política demográfica para Guatemala. Es impostergable rehacer la regulación de las adopciones. Es importante penalizar la preñez de niñas menores de 14 años e imponer castigos como la castración de los responsables, que total como sea que nuestros tribunales son nada confiables, ningún juez podría sentenciar a un inocente si se cuenta con la prueba de ADN. Debemos respetar a la mujer, aceptar el dominio que solo ella puede tener sobre su cuerpo y acatar su decisión si quiere o no ser madre. Todo esto, acompañado del abandono de la mojigatería que impide una temprana educación sexual de todos los niños para ir creando conocimiento y conciencia de lo que es estar vivo. De ahí que precisemos reglas claras de vida, mínimas, eficaces, razonables y coherentes, que llevadas a las leyes regulen y aseguren la vida en paz. Simplemente eso.

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