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De lo “seguro” y otros cuentos

COLUMNA NATALIA DE BIEGLER

Con toda la temática reciente de la niñez guatemalteca y el contexto de violencia en el que está sumergida, me parece importante aprovechar la coyuntura y recalcar algunos puntos que generalmente quedan en el aire, o más bien, refundidos en ese cajón que siempre queda empolvado en una esquina del armario.

Desde mi trabajo como doula y lo que he vivido tanto en el área de salud pública como privada, así como he presenciado los nacimientos más hermosos, también he visto cosas que quisiera borrar por completo de mi memoria. He visto madres en el momento más vulnerable de sus vidas, en las horas en que necesitan más cuidado y contención, poner un pie en el hospital -ese lugar “seguro” para parir- y convertirse en un número más en esa serie infinita e impersonal de mujeres que entran y salen del paritorio como frascos en la banda de hule de una embotelladora. Y no solo hablo de los hospitales públicos.

Como doula y como mamá, he tenido la dicha de cruzarme y quedarme boquiabierta de admiración con médicos y enfermeras espléndidos, con una calidad y ética de trabajo impecable, dispuestos a regirse por lineamientos no solo humanos, sino también fundamentados en la ciencia y acordes a lo que es mejor para las mamás y sus bebés, y no necesariamente para ellos mismos. Lamentablemente, también me he encontrado con médicos toscos, mudos, bruscos y sin expresiones en sus caras (tal vez porque las circunstancias los hacen insensibles), y enfermeras que parecieran no tener la mínima empatía por otras mujeres y se adjudican el derecho de regañar, contradecir, a veces hasta insultar a una mamá mientras nace su bebé y ambos pasan a ser nada más que objetos. de los cuales hay que salir rápido.

Después de lo sucedido en el Hogar “Seguro” Virgen de la Asunción, mucha de la indignación suscitada viene de la pregunta, “¿dónde carajos estaban los adultos responsables de los niños?”. Pero, ¿qué podemos esperar, cuando las vidas son condenadas al sistema desde que llegan al mundo? Una gran porción de la niñez guatemalteca nace, crece y lamentablemente muere en violencia, simplemente porque es un blanco fácil e indefenso, o porque las madres muchas veces confían desde la ignorancia.

Siempre, donde hay una persona vulnerable, hay alguien listo para devorársela. El espacio me queda corto para escribir sobre este tema y sé que hay un millón de variables qué considerar, pero estoy segura de que los niños no ingresan a ese infierno de repente y solo porque sí; es un círculo vicioso que a veces inicia incluso desde el vientre. Y no me queda más que pensar en las palabras de Michel Odent: “Para cambiar el mundo, primero hay que cambiar la forma de nacer”.

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