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Al resto del mundo, mi admiración

Por: Nimbo Lorentzen

Sin importar las circunstancias de todo ser humano, sin saber de dónde vengamos y nuestra ideología desde los fríos y sublimes albores de la Sierra de los Cuchumatanes, acompañados de una vía láctea que logra conquistar  de forma  fastuosa nuestro miedo, hasta El Mirador, en Petén, donde podemos apreciar la bella naturaleza de nuestro país, debemos ser conscientes acerca de lo que en verdad importa, pero ¿qué es lo que en verdad importa?  La lúcida realidad que vegetamos es fruto de una serie de maquinaciones e interpretaciones que se definen con base en la perspectiva de quien la practica, sobre todo, cuando nos referimos al hecho de ser auténticamente felices, a pesar de la carga del día a día, desde el lugareño que conduce toda una jornada, sin amparo  alguno, para recabar la cosecha del día, con una sonrisa  alrededor de sus hijos, llevando hacia nuestras mesas una genuina y saludable ración a cada uno de los guatemaltecos, como quien formaliza con ética las labores dentro del Estado, hasta el periodista que escribe con dedicación todos los acontecimientos que le atañen, todos hemos llegado a un punto en el cual nos preguntamos ¿dónde estamos parados? es ahí donde basaremos la verdadera felicidad, porque hacemos lo que concebimos, teniendo en cuenta los hechos que han rondado por nuestra Guatemala desde su fundación.

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Carecemos muchas veces de un sentimiento de estabilidad que en muchos sentidos nos genera intranquilidad, pero no olvidemos que, sin importar las circunstancias que velan alrededor de nuestra querida patria, nosotros los chapines somos quienes mantenemos la maquinaria azul que se desplaza con la fuerza del río Motagua a cada uno de nuestros semejantes que hacen del día a día una catarsis humana, propendemos a creer que la única forma de perdurar en el sistema es por medio de la competencia, pero basada en la experiencia colectiva, se pueden lograr muchos avances, teniendo en consideración que quienes trabajan en común efectivamente son más felices y proactivos, que quienes disputan por agenciarse su cometido por medio de  actos nocivos que, según ellos, es la ley del más fuerte.

Creo que la nación soñada está a la luz del candil, pero debemos unificarnos y trabajar conjuntamente, ya que si todos buscamos el bien común ¿por qué no podemos coadyuvar? desamparemos nuestras diferencias, amemos nuestra identidad cultural y la de los demás, pensemos en nuestro quetzal cuando asciende su vuelo en torno a un mejor tiempo ulterior, a nuestra ceiba, que nos enseña a sustentar nuestras raíces recias y fuertes. A la monja blanca, que se estima cuando baja la marea de la vida. Apreciemos a nuestra bandera, que ondea al ritmo de nuestros corazones. 

Admiremos nuestra marimba, que nos tranquiliza con su sutil compás y, sobre todo, amémonos los unos a los otros, porque somos hermanos, vengamos de donde vengamos, trabajemos por la Guatemala utópica que todos soñamos, sin pugnas sociales, las cuales nos desvían de nuestro verdadero cometido. Podremos confiar el uno en el otro, cuando dejemos los estigmas que corroen nuestra lozanía. Es arduo, pero previo a cualquier cosa, somos seres humanos y eso carga con la imposición de actuar con el fin del bien colectivo. Yo soy feliz porque amo Guatemala.

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