Home > Mirilla indiscreta > Los espantos espantados

Me da miedo salir de noche. No puedo evitar pensar que algún incidente desagradable me pueda ocurrir en cualquier momento. La inseguridad, es la misma sensación que ha invadido a los ciudadanos de todos los tiempos, y que los cronistas, cuentistas, escritores, narradores, de la vida cotidiana, han relatado siempre como parte de la vida citadina o rural de todas las épocas.

Desde luego, yo de pequeño, le tenía más miedo a la Siguanaba que a cualquier ser humano, que operando como delincuente, se me hubiera aparecido de repente en el camino. Los primeros habitantes del Valle de la Ermita, por ejemplo, se desviaban para no pasar de noche por el Cerrito del Carmen, grande era el temor a don Juan de Montejo, el famoso Pie de Lana, el célebre ladrón que terminó sus días colgado en uno de los árboles del aquel hermoso remedo de montaña.

A los niños de la segunda mitad del siglo XX los amenazaban sus padres, para que no salieran de la casa, con Miculax, un violador de niños que fue aprehendido y finalmente fusilado en el paredón del Cementerio General. La cabeza del famoso Miculax la conservaron en un frasco con formol por mucho tiempo, hasta que algún coleccionista de lo macabro terminó por sacarla de circulación para apropiársela como un siniestro trofeo.

Estamos hablando de hace apenas 60 años, que en la vida de los pueblos, sería el equivalente a la milésima parte de un suspiro, pero que en nuestra realidad guatemalteca, hablar de los espantos, pareciera parte de un pasado remoto, más próximo a la Colonia que a nuestra gran ciudad.

Los espantos de antes ya no dan miedo ni a los niños chiquitos, que acostumbrados a ver series de caricaturas con aspectos horribles, la pobre Siguanaba o la Llorona les provoca risa, porque su amigable monstruo de peluche, que abraza todas las noches para poder dormir, es mil veces más feo que aquella seductora mujer con cara de caballo que hipnotizaba y se llevaba a los infieles, o la otra que en harapos, y cara descarnada reclamaba a gritos la aparición de sus hijos.

Seguramente, hoy en día, a los recién ingresados a una de las maras les pondrían como tarea de aceptación, jalarle las extremidades inferiores para acelerar su muerte, al temible Pie de lana. Y no dudo que a Miculax lo habrían castrado, en el concurso de iniciación de la mara contraria. Así también al Cadejo, el perro negro con ojos diabólicos de un rojo encendido que acompañaba a los borrachos, le habrían dado bocado junto al gato negro de la mala suerte, si se hubieran aparecido en los reinos de la municipalidad de Antigua Guatemala.

¡Así de dramático y trágico ha sido el avance de nuestro país en el encuentro con la perversa intranquilidad y ahora frecuentemente acompañada de la muerte. Siempre disfrazada, pero descarnada y cruel, en la búsqueda de su próxima víctima.

A un mi pariente, muy aficionado a la infidelidad, por aquellos tiempos, todavía lograba la comprensión de su esposa, frente a la agresión apasionada de alguna de sus féminas clan destinas, que marcándole con las uñas la espalda en un momento de entrega desenfrenada, lo utilizaba como pretexto con su ingenua mujer para confirmar la existencia de los terribles espantos. Los sanitarios al final del corredor, frente a la pila de la antañona casa de la zona 1, hacía de los inevitables procesos digestivos, toda una odisea. Especialmente si lo apuraban de noche. La luz mortecina de un foco de 100 bujías colgaba del machimbre en el largo y lúgubre pasillo lo llevaba a la pila o el baño, transformando esa función biológica, en un reto que demandaba valor y mucha urgencia.

El grito fingido del pariente, acompañado de una carrera hasta la habitación, culminaban la operación engaño. ¡Me espantaron mija¡… ¡Me espantaron¡, comenzaba la representación teatral… Fijate que fui al baño y al sentarme sentí una mano con uñas afiladas  que me recorrió la espalda. ¡Jesús María¡ decía la asustada y noble esposa. Con cara de que  ̈esas cosas existen ̈ lo urgía que se quitara el saco, la camisa y la camiseta para cerciorarse de la agresión del más allá.

Y allí estaban, las huellas de uñas a lo largo de gran parte de la espalda. ¡Te das cuenta mija, pasaron el saco, la camisa y la camiseta! afirmaba el infiel, como prueba evidente de la diabólica y terrorífica experiencia. Santiguándose todos, en grupo con el resto de la familia, llevaban agua bendita para esparcirla en la siniestra habitación del baño, ahora recinto de fenómenos paranormales. ¡Échale agua bendita también a la pila, para que no se aparezca allí la siguanaba!, suplicaba ansiosa la comprensiva esposa traicionada, frente a la pícara, sudo rosa pero satisfecha cara del infiel.

Pero ahora los espantos son de carne y hueso y la única forma de responder a su conjuro, es con un arma que permita disuadirlo que recibirá antes que el ultrajado asaltado… el primer tiro.

Eso hizo, en defensa propia y de su familia, mi buen amigo Julio Rivera Clavería.

Sitiado por los asaltantes en el interior de su casa, desde el segundo nivel se armó de valor, y en nombre de su esposa y de sus hijos, le hizo frente a los forajidos, cuya desfachatez y osadía, a alguno de ellos, le costó la vida.

Claro, Don Julio, hizo lo pertinente y legal. Experto en artes marciales, y con entrenamientos especiales en esas prácticas de defensa personal, pudieron acompañarle frente a la cobarde agresión que seguramente le hubiera costado su propia vida a este noble guatemalteco, cultivado en las ciencias relacionadas con la seguridad nacional.

A este pobre escribidor, lo ha acompañado, ni el coraje ni los instrumentos para defenderse, y en dos oportunidades, amarrado de pies y manos, con mis propias corbatas amarradas en torno de mi boca para evitar por lo menos un madrazo, en lo íntimo de mi humilde hogar, con todos amarrados, hemos sido testigos de la insolencia de ese delincuente, que cuando se ve acorralado o preso, llora cobardemente al principio y vocifera y amenaza cuando hace de la cárcel su gratuito y abastecido centro de operaciones.

Pero ahora, cómo que se transformó Guatemala, en un aquelarre, que en invocación diabólica convocó a todas las fuerzas del mal, al mismo tiempo.

No hay espacio en el horizonte cotidiano que nos permita respirar un poquito de tranquilidad y de paz. Ya quisiera tener como compañero de charla a don Segismundo Pitirijas, el álter ego del más auténtico y sobresaliente periodista que tengo el honor de conocer.

Los diálogos de don Jorge con don Segismundo han hecho época por muchísimas décadas, y si a alguien pudiera tener como ejemplo don Edmundo, de conversar con personajes del entorno imaginario de su creador, sería a Don Jorge Palmieri García, ese robusto roble humano, hecho con capas de papiros con olor a tinta de imprenta y hojas de diarios.

En los finales de sus primeros 80 años de vida, no se puede contar la historia del país sin acudir a la sapiencia y bagaje acumulado por ese inmenso periodista. Y lo digo, con la certeza, de que no tendré motivos para retractarme, el resto de mis días, por lo que entraña esta afirmación.

Pero no es solo el homenaje a don Jorge, lo que motivan estas líneas. Son sus enseñanzas, que aún hoy, en el blog personal al servicio de sus lectores del mundo, sigue siendo testimonio de lealtad con sus principios, con su linaje y especialmente con su país. Si alguien próximo a sus nueve décadas de generosa existencia, tiene los arrestos de exponer la realidad que vive el país en estos complicados momentos de la historia patria.

Me invade la vergüenza, cuando me cercioro todos los días, cómo esa llama vigorosa, que nos ha hecho reaccionar con dignidad frente a las amenazas nacionales, de todos los tiempos, pareciera extinguirse en la cobarde aceptación, en extremo oportunista, de una realidad que nos es ajena y atenta en contra de la construcción, siempre en proceso y en transición, de nuestra institucionalidad democrática, asentada en una tradición innegable, de constante lucha por alcanzar la democracia y la paz.

Defendiendo la Constitución Política de la República y repudiando, por mal hechas y peor planteadas, las Reformas Constitucionales, don Jorge, que ha vivido gran parte de la historia constitucional guatemalteca, nos impone la necesidad de rechazar semejante intento, plagado de inconstitucionalidades y ajeno totalmente al sentir nacional.

Pero esa inoportuna circunstancia, es uno de los muchos espantos que nos acechan y nos tienen aterrorizados. Pero hay más: la anarquía creciente, la destrucción programada de la convivencia pacífica, el debilitamiento sistemático de todos los organismos del Estado, para que respondan a una agenda que no fue hecha por guatemaltecos y que anticipa el desencuentro y una nueva confrontación entre hermanos.

La complicidad de una parte de jueces y magistrados comprometidos en la tarea ingrata de legitimar ese despropósito, políticamente sesgado, que nos aparta del consenso nacional, que aún no desarrollado, pudo reunir la Constitución Política de la República.

Armando pasiones públicas y clandestinas o ambiciones concretas y con ventajas, por alcanzar el poder político de la nación, al margen de la consulta democrática de la población.

Bueno, con todas estas ideas en la cabeza, quise evadir la realidad, tomándome un buen trago, pero con alguien que me sacudiera emocionalmente por su franqueza extrema y más patriotismo que muchos que hoy se mofan de la soberanía por obsoleta y estarían dispuestos a jurar por temor, que son honestos, sabiendo que son honestos.

¡Qué barbaridad¡ No pude pensar en nadie más, y me dirigí a Siete Caldos de la zona 10, con la esperanza de ubicar a don Demetrio Moliviatis, de quien me había enterado se encontraba en Washington. Ese don Demetrio siempre empeñado, entre otras tareas, en la de rescatar Petén, se mantiene recorriendo sus agredidas selvas, sembrando la bandera azul y blanco a cada paso, navegando por sus lagos y lagunas, observando con pesar, al igual que los peteneros, la depredación de nuestros forestales en un territorio casi si sin Estado, que siente los pasos de los mexicanos con más claridad y escuchan cada vez más lejos, las pisadas tímidas y amenazadas de los caites guatemaltecos.

Allí lo encontré, siempre rodeado de amigos, conversando más que vendiendo, derrochando cordialidad y fineza, sin ponerle mucha atención a la caja registradora.

-Hola don Edmundo- me recibió evidentemente emocionado… dichosos los ojos que lo ven. Sea usted bienvenido- poniéndose de pie y extendiendo los dos brazos para apretar, con cariño mi agradecida humanidad. Apartándose de la mesa en que se encontraba, me guió hasta otro recinto, uno reservado para los cercanos y visitas de su total agrado. Ordenando de inmediato que me complacieran con lo que se me antojara.

Pensé en un trago y en una porción de calamares en su tinta al estilo griego, y así lo pedí, solo que en lugar de licor quise adornar el plato con una horchata bien fría.

-Le cuento que estaba en la capital del imperio -le dio inicio a la plática- y estando allá me enteré que la CODECA anunciaba una gran manifestación equivalente a un paro nacional. Y su vocero tratando de no caerle a los huevos a la gente – acudió al lenguaje fuerte, muy propio de su personalidad, que en este caso y otros comentarios más adelante, trasladaré de manera textual, para no restarle autenticidad a la plática – afirmaba fíjese, que no estaban pensando en toma de carreteras, si no en una movilización de campesinos hacia el centro de la capital –

– Entre otros propósitos- imagínese usted pedirán la renuncia del presidente, y que el Gobierno detenga el alza a la energía eléctrica… Pero don Edmundo- continuó – si son ellos mismos los que bloquean e impiden el avance de nuevos proyectos de generación de energía renovable. Sí, la energía se produce en abundancia, baja el costo, y si no sube… elemental don Edmundo-.

La solución a la conflictividad es poner en marcha nuevos proyectos, respetando el medioambiente y a las comunidades… Pero sabe una cosa don Edmundo… eso no resuelve la ambición de algunos vividores. Por qué no hablan de la necesidad de biodigestores para resolver las necesidades de la comunidad -hizo una pausa- y acentuando sus rasgos y marcando arrugas en la frente refunfuñó -No quieren resolver ni mierda, don Edmundo, si el conflicto les da de comer y algunos hasta roban energía… pero no crea para compartirla, la venden más barata y la distribuyen haciendo conexiones ilegales y a lo bruto.

Hizo otra pausa y continuó –Yo estoy de acuerdo que pisen, con todo el peso de la ley, a los proyectos que dañan al medioambiente, entonces que no les den licencia desde el principio. Lo que no consiento es que se permita la instalación de carteles de extorsión, que no accionan antes, sino esperan que el proyecto avance para después caer le encima con la dirección de seudolíderes y demás parásitos que usan a otros como palanca para engrosar sus cuentas bancarias. Un líder don Edmundo se le distingue porque propone soluciones, a un parásito… porque del conflicto mal vive. No me animaba a interrumpirlo. Las cosas que estaba diciendo, tenían sentido y dichas con pasión hasta me provocaban cólera. El 20 de febrero un grupo armado usando pasamontañas, con nutridos disparos invadió dos áreas de la finca Palestina, eso aparte de ser un acto de terrorismo, también es una clara violación al derecho a la propiedad privada consagrado en nuestra Constitución. También se confirmó la invasión de otra finca en playa pataxté, y un bloqueo en la carretera del Estor hacia Río Dulce, donde estaban haciendo con un cobro por camión en concepto de  ̈peaje ancestral ̈ en el puente cahaboncito- concluyó.

Yo estaba impactado por la franqueza de don Demetrio y el valor de sostenerlo con hidalguía en comparación a la actitud de los difusos dirigentes nacionales, que pareciera vivieran en otro país. Y para que quede constancia histórica de mi posición don Edmundo -me afirmó con energía- esto también lo estoy expresando en mi columna de la Revista Perro Bravo de este mes. Y sabe por qué don Edmudo… Porque si el gobierno no hace algo, la conflictividad provocada se le va a salir de las manos. Yo por lo menos, si no me matan, blandiré mi advertencia como clara constancia de este aviso querido don Edmundo – terminó… y yo con un fuerte abrazo, di por concluida la impresionante reunión.

Demetrio, pensé de camino a la casa, nos demuestra que no es necesario nacer en el país, para amar a Guatemala, sin estridencias redentoras. Él sí ha luchado legítimamente por llevar a sus compañeros al poder a través de procesos democráticos, decentes y libres.

Bienvenidos todos los Demetrios del mundo. Esta es su casa… ellos hicieron de nuestro país su hogar y por eso, lo cuidan tanto, como a sus hijos. Pero para variar las sentencias populares se adecúan a todos los casos … y esta de nuestros abuelos es particularmente cierta.  ̈ALGUIEN VENDRÀ QUE DE TU CASA TE ECHARÁ ̈.

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