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COLUMNA NATALIA DE BIEGLER

Está de más decir de qué barco estoy hablando. Mi newsfeed de Facebook está cundido de noticias, opiniones, artículos, blogs y más noticias relacionadas con El Barco de la Discordia, casi todos radicalizados y algunos incluso violentos. Hablando con una amiga, ella dijo algo que me hizo mucho sentido: el barco en sí mismo es bastante insignificante; lo importante aquí es la manera en que sacó a la luz un asunto que está latente en América en general, y las reacciones tan opuestas en una sociedad tan relativamente homogénea como la guatemalteca.

Fervientes feministas y apasionados conservadores, todos sermonean sobre su postura ante el tema tan delicado del aborto, sobre el cual quienes menos han opinado abiertamente son las mujeres que han atravesado esa experiencia, precisamente porque tomar una decisión así jamás es fácil, como tampoco lo es lidiar con sus consecuencias emocionales y sociales –no digamos las físicas, que en la clandestinidad pueden ser fatales.

“El aborto es la punta ínfima del iceberg, el problema real es profundo y va más allá de las opciones que nos sintamos en derecho de emitir.”

Como madre de familia y profesional que trabaja con madres, me considero una persona que está a favor de la vida: de la vida digna, con educación y servicios de salud básicos eficientes. Estoy a favor de la maternidad respetada y con importancia social. En general, creo que la vida siempre es la opción. Lo creo hoy, a mis treinta y cuatro años, desde mi condición social, mi situación familiar, mi educación, mi filosofía de vida, mis posibilidades y mis experiencias personales.

También conozco mujeres que, por alguna razón, se han visto obligadas a abortar y, aunque me duela el corazón, no me siento en la posición de juzgarlas. Me duele por ese embarazo, e igualmente me duele por ellas. Porque lo atravesaron solas y en condiciones lastimosas. Porque tal vez esa gestación no se habría interrumpido si, en su entorno y sin importar su nivel social, un bebé no fuese considerado una condena y el embarazo no hubiese sido secreto.  Que nos quede claro: más de lo que pensamos, tenemos al lado a una mujer que ha tenido un aborto. Tal vez hasta vivamos con ella o sea nuestra amiga. Tal vez sea una mujer a quien amamos o admiramos.

Duele el silencio con que se maneja la sexualidad en las familias y la poca comunicación al respecto con nuestros hijos. Duele la actitud de negación con la que fingimos que, si no lo hablamos, nunca va a suceder, o que nuestros hijos no van a crecer, o que tienen que vivir la vida que nosotros tenemos planificada para ellos. Duele que creamos que es obligación del colegio, de la escuela o del Estado educar a los niños en sexualidad.

Duele que muchos embarazos no deseados y, por ende, muchos abortos, hayan podido prevenirse si las condiciones fuesen mejores en nuestro país –desde el control de natalidad hasta las condiciones laborales de las mujeres incluso en niveles sociales más altos. Si lo pensamos, es un tema que abarca todo, y que nos abarca a todos.

El aborto es la punta ínfima del iceberg; el problema real es profundo y va más allá de las opiniones que nos sintamos en derecho de emitir porque Facebook nos lo facilita, aprovechando el incidente del barco. Todos tenemos derecho a un criterio, pero a estas alturas, los sermones y las opiniones iracundas de ambas partes, son irrelevantes. Aquí nadie va a convencer a nadie.

La realidad es que el aborto es ilegal en Guatemala. La realidad es que los abortos seguirán sucediendo aunque sea ilegal. La realidad es que la única forma de disminuir las tasas de aborto es mejorando la calidad de vida de los ciudadanos en todos los aspectos. La realidad es que, antes de escupir veneno al cielo, sin importar el bando, debemos asegurarnos de vivir de tal forma que nunca nos caiga el escupitajo en la cara.

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