Home > Columnas > La bully que vive conmigo
COLUMNA NATALIA DE BIEGLER

Ella sale de su escondite en esos ratos de carreras, cuando el tiempo no alcanza y vamos tarde otra vez. Se ríe de mí y se roba la paz cuando las cosas no salen como deberían; me dice que todo estorba y que nada es suficiente. Me amedrenta con expectativas inalcanzables, con ese espantoso miedo al rechazo. Cuando llega, ella se apodera de todos los espacios, llena el aire, lo hace espeso y difícil de respirar. Hace las miradas tensas y la comida amarga. Al día siguiente no aparece y las cosas vuelven a la normalidad, pero el mal sabor se queda.

Ella es mal modosa, impaciente, mandona. Olvida que mis hijas son pequeñas, que necesitan que camine más despacio para alcanzar su paso, que sus manitas no pueden hacer las cosas tan rápido como ella quisiera. Ella apresura, tiene el “así no se hace”, el “a ver, lo hago yo” en la punta de la lengua, siempre lista para disparar como lanza sutil y venenosa. Muy disimulada, mete zancadillas, quita juguetes, amenaza y atormenta. Ella tira la piedra y esconde la mano dentro de un guante de cocina con el que preparó cupcakes perfectos, sacados de Pinterest. Ella les enseña a mis hijas que solo deben obedecer, que no deben cuestionar o responder, que el silencio es su única alternativa para ahorrarse un mal rato. Les enseña a aceptar que esa es una forma de vivir, que está bien tratar así a quienes están en desventaja por su tamaño, edad o condición y, peor aún, que está bien ser tratadas de esa forma: a prisa, con ira, sin piedad. Que está bien someter a otros a sus caprichos y alimentarse de sus inseguridades.

Si después pedimos perdón, no pasa nada, ¿cierto? Cuando ella no aparece, todos disfrutamos más los días, apreciamos el trabajo, hacemos un mejor esfuerzo, aspiramos mejor el olor de la infancia, de lo cotidiano, con sus cuentos de hadas y sus tiempos lentos. Ya no quiero que ella viva conmigo. Quiero sacarla de mi casa, porque es el último y el primer eslabón de una cadena interminable y nefasta. Ella no sabe que la autoestima de los niños es una semilla que germina gracias a las miradas y palabras de sus adultos importantes.

¿Cómo puedo enseñarles a manejarse con seguridaden el colegio, en el parque, en la Universidad o en la vida, si yo soy la primera en exigir más allá de lo que son capaces de dar, en aplastar sus ganas de ser niñas, en señalar sus fallas? ¿Si yo soy la primera en hablar a las espaldas de otras mujeres, en criticarlas con violencia, en alegrarme de sus fracasos y descalificar sus logros porque me confrontan con mis propias flaquezas? ¿Cómo puedo enseñarles a amarse a sí mismas, si yo soy la primera en hacer una mala cara cuando me veo al espejo? ¿Cómo puedo protegerlas de algo allá afuera, mientras yo sea esa bully que vive aquí, conmigo y con ellas?.

.
.

Leave a Reply