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“Tanto va el cántaro al río ….”

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Los dichos populares expresan la sabiduría de la sociedad. Unos nos iluminan de manera inmediata y otros poseen la lucidez de convertirse en señales que orientan la conducta de los seres humanos cuando han experimentamos difi cultades en la vida. Tomando en cuenta el título de este artículo, intento pensar acerca de nuestra realidad, a partir del reconocimiento que la sociedad guatemalteca experimenta en estas primeras décadas del siglo XXI, particularmente en los últimos días una “espiral de la violencia” que se ha ensañado contra la niñez y adultos. Así como un clima de tensión que se vive por la profundización de contradicciones políticas que han hecho aflorar fantasmas que invitan a una paralización de carácter nacional.

Resulta de alguna manera fácil para quienes osamos escribir y pensar en voz alta, señalar tantos desaciertos de la vida en sociedad. Por lo tanto, es muy sencillo culpar a otros de los males que aquejan al país, sin percatarnos que cada uno de nosotros algo tenemos que ver. Por eso es complicado proponer salidas o bien desarrollar un espíritu solidario y propositivo para coadyuvar a resolver los problemas que dramatizan la vida cotidiana. No debería existir escapatoria al compromiso ético por las causas nobles de la sociedad. En esta nuestra Guatemala, herida por inmensas exclusiones, sobran miles de razones para comprobar en la práctica la sabiduría del dicho “tanto va el cántaro al río que al fin se rompe”. Largos años de pobreza y de irrespeto a la vida. Largos años que no se ha logrado colocar la vida frente a la vida, sino la muerte frente a la vida. Por eso es tiempo de poner las barbas en remojo y dejar de buscar el frío en las cobijas.

Es de sabios comprender que si no damos algo de nosotros, jamás podremos construir un proyecto de nación incluyente, en el que prive la confi anza y el encuentro de palabras y acciones orientadas al logro del bien común. Recordemos como decía el hermano Pedro, que “solo un alma tenemos y si la perdemos jamás la recobraremos”. Traducido para nuestra vida actual, significa que solo un país tenemos y si lo perdemos jamás lo recobraremos. Insistir en culpas de tantas desdichas a un gobierno de turno, significa ni más ni menos un escamoteo ruin de nuestra realidad histórica. Una especie de engaño a los otros y un flagrante autoengaño para nosotros mismos. Es necesario que logremos puntos de encuentro, de lo contrario, hundiremos irremediablemente este país que no merece tan mala suerte en su destino histórico. Busquemos juntos la manera de encontrar la alegría de la niñez. No es justo que niños de familias pobres mueran por desnutrición e hijos de acomodados estén sujetos a la violencia de criminales que los secuestran por extorsión.

La seguridad de la niñez vale más la pena, que ahondar en esa ambición desmedida, arrogante y salvaje por lograr acumular más capital en una sociedad en la que en esencia, sus ciudadanos aspiran a la felicidad sobre la base de la equidad y el equilibrio social.

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