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Catastrofistas o manipular el miedo

Ilustración GuillePascal Bruckner es un ensayista francés, autor de libros que examinan, de modo crítico, tópicos y actitudes arraigadas en las sociedades occidentales contemporáneas. Es fácil constatar, dice Bruckner en City Journal, la expansión de una mentalidad catastrofista, particularmente intensa en los medios de comunicación. Junto con la predicción de grandes desastres, se propaga el miedo. Miedo, por ejemplo “al progreso, a la ciencia, a la demografía, al calentamiento global…” La gente se sobrecoge cuando se nos dice que “en 5 o 10 años, la temperatura aumentará, la Tierra se convertirá en un lugar inhabitable, se multiplicarán los desastres naturales; el clima nos llevará a la guerra y las centrales nucleares explotarán”… Y se favorece el… pesimismo. Muchas personas sienten inquietud por el futuro del hombre. Bruckner sostiene que el “temor se convierte en una profecía provocada, gracias precisamente a su cobertura mediática (…) porque, como si se tratara de una caja de resonancia, las encuestas públicas frecuentemente reflejan la opinión ya promulgada por los mismos medios”. Y caemos en el pesimismo, también en Guatemala. Centrándonos en este último punto, alguien comentaba que cuando se comienza una conversación diciendo es que en este país… sospecha que se trata de alguno de esa especie protegida: los pesimistas; gente peligrosa. Aunque a veces concedan diciendo que quizá no todo está mal en Guatemala…

“Ciertamente hay muchas cosas malas en nuestra sociedad.”

Ciertamente hay muchas cosas malas en nuestra sociedad, pero los pesimistas hacen mucho más daño con sus críticas negativas. Porque la desesperanza el pesimismo es coartada de la comodidad, Y puede llegar a ser una enfermedad crónica social. Recibimos a veces como un huracán de malas noticias, que no podemos no queremos asimilar, y la reacción más fácil es pensar: aquí no hay nada que hacer. Recuerdan a aquel personaje de los años 60, que gritaba: paren el mundo, que quiero bajarme. Y es un pesimismo que aunque parta de hechos reales se ha convertido en una excelente coartada para la apatía y la comodidad. Esta postura pesimista casi cae bien a veces, y hasta parece creíble; pero es una postura equivocada, es autodestructiva.

Los pesimistas pueden tener razón en los algunos hechos que señalan; pero con frecuencia exageran los problemas y, sobre todo, nos incitan a verlos como un proceso degenerativo y sin solución. Particularmente peligrosos son los pesimistas que, aun admitiendo que hay cosas y personas buenas en la vida, concluyen que eso es para gente especial. Y entonces puede concluirse: estando las cosas tan mal, ¿qué importancia tiene lo que uno haga en su trabajo, en su familia, en general? Hay que saber afrontar la realidad aportando en primer lugar la esperanza; es decir atreverse a confiar en que yo puedo contribuir a cambiar todo esto, que tenemos muchas cosas buenas, también aquí. Ya que el bien puede más que el mal… Así no caemos en la peor corrupción, la corrupción del pesimismo, aliado de la comodidad irresponsable.

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