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 El guatemalteco: absolutista o indiferente

editorial

Una compleja cadena de polímeros o macro células que están entretejidas en forma de una doble espiral o hélice, a través de puentes de hidrógeno, constituye el ADN, o ácido desoxirribonucleico, responsable de contener la información genética y hereditaria de todo organismo viviente constituido por células.

Metafóricamente, al realizar un análisis profundo del mapa genético de la sociedad guatemalteca, muy probablemente encontraríamos una serie de cromosomas dominantes dentro del comportamiento cotidiano de sus células individuales (ciudadanos), como la apatía crónica y la indiferencia atroz. Sin embargo, existe otro cromosoma social que constantemente destruye las posibilidades del mutuo entendimiento entre sus componentes. El cromosoma del absolutismo destruye las opciones de diálogo objetivo y respetuoso, y el debate de ideas opuestas, sin el cual resulta imposible alcanzar el progreso en la lucha por la construcción de un tejido social más fuerte y cohesionado y que, por el contrario, fragmenta cada vez más el mismo.

En múltiples ámbitos, la dictadura de la corrección política y la descalificación, producto de su tiránico proceder, impone su discurso ominosamente sobre la razón. Cada vez que la colectividad intenta sostener el diálogo, a medida que este se desarrolla, se va ensordeciendo paulatinamente a los argumentos contrarios, lo que propicia la inmediata descalificación del interlocutor, bajo los más diversos argumentos. Varios de ellos, invocados por los más fervientes defensores de la misma, es el racismo, la discriminación, la intolerancia y la exclusión.

Sin embargo, cada vez que se frustra un diálogo, es producto de una sola causa: el absolutismo tenaz que nos gobierna, y por cuya acción vamos perdiendo más y más la capacidad de escuchar el punto de vista ajeno y, proporcionalmente, aumenta nuestro empeño por imponer el propio, lo cual produce que el debate de las ideas se torne infructuoso, trágicamente. Semejante disfuncionalidad, incrustada en lo más profundo del ADN guatemalteco, resalta la necesidad de una reflexión colectiva en el ámbito de la discusión de la problemática nacional.

Con la ruptura del quórum en el Congreso de la República, el día de ayer, durante la sesión donde el Pleno discutiría el proyecto de Reforma Constitucional, queda evidenciado, una vez más, que una de las grandes falencias de nuestro mapa genético está cimentada en una sentencia terrible: “Si no estás conmigo, estás contra mí”.

Es de vital importancia que la cultura del debate respetuoso se imponga, ante nuestra habitual vocación absolutista e inquisitorial, que juzga y condena al interlocutor que confronta el propio constructo. Es preciso que aprendamos a construir diálogos en base a argumentos, y no a personas. Que abramos los oídos y los corazones al esfuerzo colectivo a favor del bien común, y que no cedamos a la tiranía del absolutismo y la indiferencia, que nos condenan a mantener, perennemente, un diálogo de sordos.

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