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Celso Lara, el guardián de la Tradición Oral Guatemalteca

Celso Lara
Por: Rodrigo Arias

Celso Lara Figueroa, nació en la Ciudad de Guatemala en el año de 1948: detrás de los gruesos cristales de sus lentes, una mirada tan noble como curiosa, destella con el brillo característico de las personas privilegiadas con una inteligencia y sensibilidad, casi de clarividentes. Nos invita a pasar al interior de su residencia en el Centro Histórico, en el Barrio Recoleto, y con amplia naturalidad nos cuenta, cuál ha sido su experiencia, en la aventura de rescatar las historias que constituyen parte de las raíces fundamentales de la cultura guatemalteca.

 ¿Cómo se siente usted de la labor que ha realizado a favor de la cultura nacional y con la reciente entrega de la Orden del Quetzal?

En primer lugar, quiero decirle que me siento sumamente emocionado. Recibir una presea de esa naturaleza, en mi país, es verdaderamente alucinante, uno empieza a trabajar y a manejarse de tal manera que no se espera nada sino verdaderamente, seguir adelante. Ya cuando me lo dieron, bajo gestión de mucha gente, le puedo decir que me hizo llegar hasta las lágrimas por la emoción. Es algo verdaderamente espectacular, maravilloso, puede entender lo que es este premio para una persona. 

¿Cuántos años tiene usted de dedicar su vida a esta labor?

 Son muchos años: yo diría que en esta tarea de empezar a investigar las cosas del pueblo siempre reconozco la labor de mi abuela paterna, que fue una vieja mengala, creo que era de San Martín Jilotepeque, ella sabía todas las cuestiones y cuando generalmente nos reunía con mi hermana, en una casona allí en el Callejón de la Cruz, era un lugar que a mí me conmovía mucho porque nos contaba muchas leyendas, primero para que no molestáramos, porque todos los patojos molestan. Para que no nos sintiéramos y eso me creó un entorno muy lindo en relación con las tradiciones orales y la casa era de eso: era una vieja casona temblorera que no se cayó con los terremotos de 1917 y 1918, era una linda experiencia. Después, yo empecé con este tipo de vinculaciones muy grandes con mi abuela, la que me contó tantas cosas hermosas y muy vinculado con mi padre, que fue Maestro de Capilla.

El último gran maestro de la Catedral Metropolitana, antes de que el Vaticano II viniera a trastocar toda la cultura musical de todo el mundo hispanoamericano. Mi papá era el maestro que fue nombrado para manejar esta cuestión y yo le ayudaba mucho a mi papá, mi profesión fundamental fue la música. Él me enseñó mucho a trabajar con el piano. Por ejemplo, yo a los 10 años dominaba completamente las 32 sonatas de piano de Beethoven, pero el manejo de esta labor era bellísima. Mi padre me levantaba a las 3:00 h y ya con eso yo me iba al piano a estudiar, él, medio desayunaba y ya me estaba oyendo qué estaba haciendo bien y qué estaba haciendo mal. Eso era antes de prepararme para salir para el colegio; yo estudié toda mi vida en el San Sebastián. Le podría decir que desde muy temprano estoy ligado a esta labor. En un momento determinado a mí me conmovió todo ese tipo de manifestaciones tan preciosas que hay en Guatemala y las empecé a investigar, pero yo no muy sabía cómo hacer la cosa, era muy patojo, no tenía ni 15 años.

El nivel esencial era la música, en el Conservatorio mi maestro fue don Elías Blas, gran organista con el que aprendí todo lo relacionado con la música, pero más que con esta yo estaba muy entusiasmado con las cuestiones de las tradiciones orales. Esa presencia de mi abuela fue determinante para mí y después, el apoyo irrestricto de mi padre. Usted no se puede imaginar cuánto libros me compró, cuántas cosas me compró para saber cómo recopilar las cosas. Yo era un patojo que no sabía nada: y empecé a trabajar realmente; mi papá me compró una grabadorcita, pequeñita, todavía de carrete, y era con la cual yo empecé a entrevistar, todavía sin saber que estaba haciendo, a los padres y abuelos de mis compañeros del colegio. Se entusiasmaban tanto que me contaban todo y era muy lindo, aunque eso me tocaba transcribirlo y manejarlo y así fue como yo comencé a meterme a profundidad en estas vivencias. Y en el colegio nunca me dijeron nada, siempre me estimularon para trabajar en estos afanes. Yo empecé a recopilar muchas tradiciones orales y me entusiasmé tanto que empecé a escribir a gentes del exterior, para que me contaran algo y con suerte, estas gentes después fueron mis maestros y gente muy querida que me orientó y con eso logré encaminarme en esta tarea.

Trabajé entonces en un rescate de las tradiciones orales de Guatemala: un libro que se llama Leyendas y Casos de la tradición oral de Guatemala, que se terminó sometiendo al concurso del libro de la APG, del Libro del año, en el año 1973 y fue elegido y resultó ganador, me gané el Quetzal de Oro, lo que fue un gran apoyo y un gran estímulo. Más allá del premio, la acogida de personas a quienes considero monumentos de la literatura nacional como César Brañas, Rigoberto Bran Azmitia, David Vela, entre otros, tuve la suerte de poder conversar y hacer amistad con ellos, allí fui encontrando una serie de acervos y apoyos que fueron determinantes en el desarrollo de mi vocación. Cuando yo llegué a la Facultad de Humanidades, ya sabía yo qué quería ser o escritor o historiador, allí encontré el apoyo fundamental en esta maravillosa aventura que ha sido rescatar y preservar y sembrar actualmente las tradiciones orales que se han constituido en la esencia de la cultura guatemalteca.

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