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NUEVO

Vemos una película. En dos horas el protagonista nace, envejece y muere. Nos metemos en su vida, la juzgamos, la miramos con la distancia y el juicio de unos dioses fisgones: es bueno, es malo, es más que bueno, es peor que malo. La pantalla es un simulador de vida. Así ordenamos nuestro asombro, a través de imágenes concisas que resumen una existencia.

Devoramos imágenes y somos devorados. La idea de tener una vida en las redes sociales, es posar una vida para que esos dioses remotos que nos observan tengan una idea aproximada de lo que somos o intentamos ser. Nos dedicamos a proyectar lo que pensamos, tiene algo de intensidad.
La intensidad es pasión, esperanza y libertad: cosas que no pueden ser explicadas a través de simples imágenes, son experiencias humanas e indefinibles.
Pasamos más tiempo hablando de la intensidad, que viviendo intensamente. Nos observamos aferrándonos o repudiando nuestra imagen. El narcisismo es el opio de los pueblos de hoy. Pellizcamos opiniones, ideas, argumentos, militancias. La indignación o la bondad permanece mientras seamos vistos. Así nos adscribimos a determinados grupos o formas de pensar. Pero en la acción somos distintos e incoherentes. 

Así pasa nuestro tiempo en una vida rutinaria y sin matices. Procrastinando en un poco de todo.  Sin experiencias reales ni compromisos. Observando a otros y pidiendo ser observados. Estrellas de nuestra propia historia. Así vamos construyendo ese futuro tan mencionado por todos.

El futuro es solo una ilusión, El presente es todo cuanto tenemos como individuos. El rastro de cuanto somos es lo que inmediatamente vamos construyendo. Lamentablemente, nada puede ser mejor si todas nuestras imposturas y deseos, solo permanecen latentes en una pantalla. Quizá hace mucha falta tener un tiempo solos y lejos de las miradas que nos definen. La soledad actual no es otra cosa que tener un pensamiento propio.

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