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Estamos frente a una triste realidad en la que el Estado parece abandonado a su suerte, precisamente porque el interés sectario se sigue imponiendo y nos sigue mostrando el salvajismo de no crear estructuras y políticas al servicio de toda persona. Cuando pensamos en los miles de kilómetros de carreteras completamente destrozados, que representan un enorme peligro para la integridad de personas y de bienes materiales, nos damos cuenta de que al Estado se le está abandonando. Abandonar una carretera y hacer que termine en completo deterioro, es abandonar un bien del Estado, pero también es abandonar una concepción del Estado al servicio del bienestar y de la vida integral de toda su población. Por supuesto, este abandono en cualquier momento se convierte en fuente de ganancia extrema y desbordada para quienes asumen esos servicios, por ejemplo, cuando la desesperación hace que pidamos a gritos que se privatice tal o cual carretera, porque así estará en mejores condiciones. Y lo mismo ocurre con la salud y la educación.

“El abandono ha sido tal, durante el paso de tantos y tantos años.”

El abandono ha sido tal, durante el paso de tantos y tantos años, que los seguros privados de salud y los establecimientos privados de educación escolar son parte cada vez más de la mayoría de presupuestos familiares. Se abandona a la salud y a la educación para que la población abandone sus demandas, reivindicaciones y exigencias de una salud y una educación públicas como plenos derechos humanos. En la seguridad y la lucha contra la violencia, este abandono se siente de manera más potente en cuanto que los hechos terribles están ocurriendo en todas partes, a cualquier hora, en cualquier circunstancia. La ciudadanía que se moviliza en el transporte público a diario para construir su vida, está totalmente vulnerable a la delincuencia. Muchos casos de hechos terribles, en todo el territorio, son informados todos los días. Abandonos a la suerte, los ciudadanos de este país no ven ni sienten la presencia de un Estado que, además del bienestar general, tenga la fuerza necesaria para prevenir y evitar la violencia en todas sus formas. Ni siquiera es capaz, a través de sus autoridades, por ejemplo, de imponer la obligatoriedad de contar con placas en las motos, mucho menos de exigir el casco y los chalecos.

¿Está todavía vigente la ley de control de las motocicletas? Abandonado el Estado es fácil comprender cómo puede existir en nuestro país, maravillosamente rico en recursos naturales, un drama tan indetenible como el de la desnutrición infantil. He aquí el drama de dramas, puesto que ni el presente es de sonrisas, muchos será el futuro, cuando esos miles y miles de niños y niñas desnutridas crezcan con las deficiencias nutritivas que padecen hoy. ¿Y el drama de los migrantes que van y vienen en procura de una vida mejor? A Trump ni el nuestro, ni ningún Estado empobrecido o abandonado le importará, por lo que no parece que el optimismo pueda aparecer por algún lado. Con muro o sin muro, las migraciones seguirán siendo la lágrima que demuestra la pena generalizada de nuestra realidad. El estado de abandono en que se encuentra el Estado es el mejor escenario para la violación de derechos humanos, para la violencia generalizada, pero también para crear y mantener las condiciones que han propiciado el poder a quienes ya lo tienen, de manera histórica y estructural, los mismos que no han sabido descubrir que cuando la descomposición, la violencia y la desigualdad hagan explotar al país, todos perderemos.

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